«Ir al colegio era un infierno diario»

Esta ferrolana sufrió agresiones durante varios años de Secundaria: «Te acabas creyendo lo que te dicen»


Ferrol

«Marimacho». «Tortillera». «No te me acerques». «No te vayas a enamorar de mí». No paraba de escucharlo una y otra vez. «Estaba siempre en alerta constante, con temblores en las manos y ansiedad, vivía con el miedo continuamente, no podía más», relata. Sara Nodar (Ferrol, 23 años) habla de su experiencia durante varios años de Secundaria. Sí, en el colegio. El abuso escolar fue una constante para ella.

En un primer momento, en segundo de ESO, dos acosadores iban tras ella, pero empezó a ser más gente, también sus compañeras. En el trasfondo, explica, su forma de vestir y su orientación sexual. «La adolescencia ya es muy confusa, por encajar, saber lo que te gusta, conocer tu sexualidad... como para tener que aguantar el hándicap de tener unos compañeros que hacen mofa de ello o que intentan sobredimensionarlo», rememora, de una época en la que «meterse con Sara estaba de moda y no había que parar de hacerlo». Lo hacían hasta compañeros que también sufrían abuso y la utilizaban como excusa para encubrirse.

«Yo intentaba ser lo más invisible posible. Esto era así. Cuando alguien se acercaba a increparme, intentaba obviarlo lo máximo posible, pero acababa siendo imposible evitarlo». «Te acabas creyendo lo que te dicen. Pensaba: “Pues a lo mejor sí que soy lo peor“. No entré en una pelea hasta el último año y cuando lo hice, solo una vez, fue lo peor que pude haber hecho», remarca. «Y las niñas sabían dónde hacerme daño solo insultando y lo conseguían», añade. «Puta» fue una de las tantas cosas que le llamaron.

En el colegio no encontró respuestas «de ningún tipo», salvo un profesor que resultó ser «un ángel de la guarda», al poder contarle lo que estaba ocurriendo. «La mayoría lo veían como un juego, y como los acosadores eran muchos y yo una sola víctima, me derivaban a dirección o al psicólogo. Me decían si tenía algún problema con mi familia o de orientación sexual, pero nada del bullying», asegura todavía sorprendida por aquello. Además, los castigos acababan siendo un acelerante para los que le hacían daño.

«No había descanso»

Ese silencio en el entorno escolar acabó descargándolo en casa. «Para mi madre era una pesadilla, porque siempre le decía que estaba enferma o, simplemente, que no quería ir al colegio. Llegaba al punto de no querer ir por miedo. Es que no había descanso. Sabía que de lunes a viernes me iba a ir a un sitio, durante muchas horas, e iba a tener que estar sufriendo el acoso constante. Era un infierno que tenía que vivir a diario», continúa.

Afortunadamente, no estaba sola del todo, sino que compartía lo vivido, además de con sus padres, con dos amigos. Y es que nunca tuvo problema para hacer amistades, pero el hecho de no encajar en los cánones le hizo vivir la pesadilla. «No era, digamos, muy femenina, y eso no gustaba. Me dejaban entrever que por qué no llevaba vestidos si todas sí lo hacían», cuenta. A esto se le añadía «un problema de acné horrible» que también utilizaban sus acosadores para reírse de ella.

Y el infierno no terminó hasta que dejó el colegio para pasar a Bachillerato. «Cambió todo de golpe, con gente más madura y de gustos similares. Sabía que cuando acabara la Secundaria, todo iba a ser diferente, y así fue». Ahora, con 23 años, aquello forma parte del pasado.

«Me llegaría con que los acosadores admitieran lo que hicieron, pero siempre lo niegan»

 

Siete años después de aquella etapa, Sara Nodar no tiene problema en hablar en público de ello, algo que no todas las víctimas de acoso escolar son capaces de hacer. Ayer mismo participó en una mesa sobre el bullying de Ciudadanos Narón. «Cuando salí de esa dinámica, un amigo me lo propuso y fue muy terapéutico salir a decir que había sufrido eso», subraya.

«Para mi fue un momento de mi vida que ha quedado atrás y sé que no va a volver. Eso sí, tú te vas de un colegio, pero eso queda ahí. Los entornos escolares funcionan así. Siempre va a haber un cabeza de turco que va a pagar por los demás», reflexiona.

Ahora, ella es capaz de ver «desde arriba» a sus acosadores cuando se los cruza, aunque aún alguno la sigue llamando por algún mote. «Parece que algunos piensan: “Sigues siendo la rara del instituto aunque seas adulta“. Ninguno me pidió perdón, ni lo espero. Sin embargo, no necesito eso, me llegaría con que admitieran lo que hicieron, pero siempre lo niegan», dice.

En su caso, también echa parte de culpa que en su colegio no existiera educación sexual más allá de la heterosexualidad: «Me pegaban porque pensaban que era lesbiana y punto. Nunca supe la razón exacta, pero lo pagaban conmigo con una ira terrible». Aunque cree que la orientación sexual está dejando de ser un tabú, no ocurre lo mismo con la bisexualidad. «Yo soy bisexual y creo en la sociedad todavía no está aceptado del todo, somos vistas como diferentes», señala.

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