El Yate se reencarna en A Maruxaina

Un matrimonio reabrió esta semana el emblemático local del muelle sin perder la esencia de lo que supuso para Ferrol


Ferrol

Los nuevos propietarios sabían que tenían entre manos algo importante, pero «no tanto». Desde que empezaron a trabajar para que A Maruxaina fuera una realidad, se encontraron con historias con un sabor nostálgico, el de El Yate. «Unos cuentan que se conocieron aquí y luego se casaron, otros que venían con sus abuelos; cada día descubres algún relato del pasado», expresa Álvaro González Rodríguez (Neda, 44 años), que el martes, con su mujer, Melinda González Vidal, revivió un establecimiento emblemático del muelle ferrolano. «Era un icono de la ciudad que nos daba un poco de pena que estuviera parado», valora.

Al principio, hace seis décadas, el local servía de estación marítima de pasajeros, un lugar de comunión entre la urbe y el mar. Primero El Yate, más tarde El Nuevo Yate y, desde el 2013, la nada. «Siempre nos había parecido un local muy chulo y vimos cuando salió el primer concurso para adjudicarlo, pero nos enteramos tarde. Que siguiera sin abrirse acabó siendo una llamada para emprender esta aventura», cuenta Álvaro, que a pesar de ser de aquí, se encontraba con su familia -tienen dos hijos- en Ibiza. Allí él dirigía un beach club, mientras su mujer era gerente de un restaurante, por lo que llegan con experiencia de sobra en la hostelería y mucho apego a este lugar.

«Teníamos muchas ganas de volver, estar aquí otra vez. Queríamos emprender un viaje, un reto, un riesgo en familia, conscientes de la implicación que esto va a suponer», subraya el dueño, que añade más entusiasmo: «El sitio estaba esperando por nosotros y parece que nosotros también por él. Ahora a ver si todo se pone en su sitio, si hay suerte con el proyecto».

La apertura de A Maruxaina ha llevado tiempo y una gran inversión, pero por lo que se ve a primera vista, parece que ha merecido la pena. Lo que hasta abril era un edificio abandonado se ha convertido en un sitio acogedor. «El recuerdo de lo que fue lo hemos transformado en algo que ahora reconforta», explica Álvaro. Para ello, no se olvidaron de los motivos marineros, que están por todas partes, y conservaron las palmeras que tanto carácter le dan. La parra hubo que sanearla, por lo que irá regresando al sitio que tan bien ocupó. 

Por ahora, la terraza está al sol, que ya se pudo aprovechar el martes de la apertura. Una de las novedades es un banco corrido pegado a la fachada, que «está siempre ocupado». «Y respetamos la entrada, que trae tantos recuerdos», dice. Mientras, el interior del establecimiento se caracteriza por la luz, «para olvidar lo triste y oscuro que estuvo estos últimos años». «La tendencia en Galicia son las maderas oscuras, pero quisimos optar por las claras para que fuera un sitio alegre. Hay que tener en cuenta las vistas excepcionales a la entrada de la ría», comenta Álvaro.

Por el momento, el matrimonio cuenta con cinco empleados, aunque espera que pronto «sean más». «Este es el comienzo, vamos paso a paso con ganas de hacer muchas cosas», asegura el propietario, cuya mujer fue «la que antes se ilusionó y la que más fuerte ha tirado para que esto saliera adelante». Todo, bajo la marca de A Maruxaina, una denominación «muy de mar y muy viajera», como la comida que proponen. Y los primeros clientes ya han dado el visto bueno a esta nueva aventura.

Croquetas, almejas o mejillones, pero con un toque «viajero», como el resto de la carta

Los encargados de A Maruxaina quieren intentar que ir a su establecimiento sea como «estar en casa; que apetezca usarlo siempre que apetezca». En esencia, un sitio familiar en el que se pueda desde tomar un café, comer y cenar, hasta beber la primera copa. Así, aunque por ahora abre desde media mañana -sobre las once y media- hasta la noche, la idea es que sirva también para desayunar porque es «un sitio ideal para ello».

Con la carta, plasmada en una pizarra, han buscado «confort». No faltan las croquetas, las almejas a la marinera o los berberechos al vapor, pero les han dado «un pequeño viaje»: las croquetas son de pollo chipotle, los mejillones al curri y los berberechos al carbón. «Queríamos que hubiera algo más en la oferta del puerto. Preferimos no entrar a competir con la comida típica ferrolana que se hace por aquí, donde es excepcionalmente buena, así que como nosotros viajamos mucho, también quisimos que el cliente viajara dentro de Ferrol», detalla Álvaro.

Más allá de lo mencionado, hay propuestas como los rollos de tempura de gamba o pollo; sashimi de salmón o atún; ensalada César con chicharrones o de quinoa y fruta; tartar de atún con sorbete de Wasabi; curri de vegetales o pollo; tacos de codillo a la mexicana; y costilla de ternera al chimichurri. «Si la vida no tiene un poco de picante, no mola tanto», bromea el dueño, que aguarda que guste la carta.

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