Una revelación


La monumental biografía de Valle-Inclán de la que es autor Manuel Alberca, libro al que conviene volver con cierta frecuencia si uno es devoto del autor de Divinas Palabras, nos revela la existencia de un don Ramón -el verdadero- que muy poco tiene que ver con el que habíamos imaginado, que no estaba hecho de carne y hueso sino de lo que el propio Valle soñó de sí mismo. ¿Y qué decir de Cervantes...? Lo que hoy sabemos de él, a la luz de los últimos hallazgos sobre su vida, nos desvela el perfil de un hombre despojado en gran medida -excepción hecha de las horas de Lepanto y de los años del cautiverio en Argel- de la aureola épica que le habíamos atribuido. Pero, a cambio, nos lo hace infinitamente más humano, y nos abre nuevas puertas para la mejor lectura de cuanto dejó escrito. Dije no hace mucho, por otra parte -y disculpen que uno se cite a sí mismo-, que «Carlos non sempre era Casares», y lo repito: el autor de Vento ferido, por encima de su carácter de figura central de nuestra literatura, fue un excepcional ser humano, un hombre de una generosidad infinita. Y lo mismo podría decirse de Cunqueiro. Durante muchos años, unos cuantos amigos de Ferrol mantuvimos la costumbre de ir todos los años, la víspera de Nochebuena y el Día Grande de As San Lucas, a visitar a su hermana Carmiña, en cuya casa él escribió sus mejores libros. Mientras ella hablaba, recordándolo, al pie de aquellas ventanas que contemplan la catedral mindoniense, Cunqueiro, en forma de sombra, también escuchaba, al fondo del cuarto, y sonreía. Por cierto, se me olvidaba decirles que el Día Grande de As San Lucas es el próximo jueves, pero creo que ustedes ya lo sabían.

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