Todo el saber del mundo


El navegante cartagenero Pérez-Reverte retrató como nadie el espíritu de la Ilustración en su novela Hombres buenos (Alfaguara, 2015). Pérez-Reverte, reportero, periodista, escritor y académico, armó allí una trama para describir el clima de agitación intelectual y moral del Siglo de las Luces. La Real Academia Española le hizo el encargo a dos de sus miembros, el bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate, de viajar al París de finales del siglo XVIII y comprar la enciclopedia editada por D’Alembert y Diderot, prohibida en España. La Enciclopedia ilustrada, fruto del trabajo de filósofos, científicos, artistas, políticos y literatos, orientados por las luces de la razón, estaba destinada a arrinconar las viejas ideas absolutistas; contenía todo el saber del mundo, los conocimientos más avanzados, las nuevas ideas que permitirían conseguir la felicidad de las gentes. Eran, por supuesto, los años de las tertulias en los cafés, del despegue académico, de las agitaciones políticas y sociales. Eran años en los que también se fortalecían los Estados, sus estructuras administrativas, sus ejércitos. Arturo Pérez-Reverte lo lee bien en la huella de su Cartagena natal, y también lo vemos reflejado en los departamentos de Ferrol, Cádiz y el extraordinario desarrollo del Madrid dieciochesco.

Ferrol, -del que Pérez-Reverte lamenta que no le dé más importancia a su heroica defensa ante el ataque inglés en la batalla de Brión-, comenzó a atesorar, en esos mismos años, todo el saber que llegaba a la ciudad. Lo conserva en la Biblioteca Naval, una de esas bibliotecas que bien pudieran encajar en la definición borgiana del paraíso. Muebles de maderas nobles procedentes de antiguos buques, instrumentos navales, metopas y cuadros que decoran los escasos espacios en las paredes que dejan libres los enormes armarios libreros. El de las enciclopedias: Gran Enciclopedia Rialp; Gran Larousse Universal; Encyclopaedia Británnica; Encyclopedie Methòdique. El armario de los diccionarios de idiomas. El que contiene los libros de leyes, usos y costumbres de los pueblos. El armario librero de los atlas y tomos de geografía. El de los libros de viajes y expediciones. Y el extraordinario armario que contiene los libros de astronomía y las ciencias de navegación.

Tal vez, en algún momento, en los estantes de esta biblioteca estuvieron los tomos de la Enciclopedia de D’Alembert y Diderot, al servicio de los ingenieros, maestros, marinos y amantes de la filosofía, las ciencias y las artes. En cualquier caso, la pátina que a sus paredes impregnaron con todo el saber del mundo los filósofos e ingenieros progresistas de la Ilustración permanece allí, cientos de años después.

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