Preocupaciones


a veces, las personas nos preocupamos innecesariamente por situaciones a las que damos una importancia que no tienen o exageramos de manera evidente. Mi abuela, que fue una mujer cabalmente preocupada por las cosas de la vida, cuando era ya mayor se buscaba una nueva preocupación cada mañana, sin que tuviese ningún motivo para ello. Era su costumbre. A mí me pasó algo así cada día de esta semana, porque el sábado tenía que presentar un libro inédito de Torrente en la Feria del libro de A Coruña. Hablar de Torrente, sobre su vida o su obra, a estas alturas de mi vida profesional no debería causarme ninguna preocupación, sobre todo cuando nunca me preocupó más allá de lo que se puede considerar normal. Pero en este caso la preocupación me viene por la temática del libro en cuestión y porque desconozco el público al que me voy a dirigir. La obra se titula Teoría de la novela y consiste en siete tratados sobre la creación novelística, que fueron, en su momento, conferencias que dictó en un curso universitario en el año 1973. Teoría literaria sutil y aguda, pues Torrente no sólo fue un excelente novelista, maestro en el arte de contar historias, sino que era un profundo conocedor de la teoría novelística. Este libro, editado por José Lázaro, profesor de Psquiatría en la Universidad Autónoma de Madrid, que llegó al escritor Torrente por sus novelas y que hoy es un destacado estudioso de su obra, es un ejemplo de lo que estoy diciendo.

La preocupación ante este acto viene provocada, sobre todo, porque el tema de este libro casi pide un público versado en la materia y desconozco la naturaleza del que pueda asistir. Por eso me hubiera gustado mucho más hablarles del Torrente que yo conocí cuando él tenía la edad que yo tengo ahora. Aquel hombre ya entrado en años, con una cultura asombrosa y, sin embargo, de una sencillez sorprendente. El que me enseñó a entender Ferrol, en especial aquella sociedad que él disecciona tan bien en su novela La boda de Chon Recalde. Y les podría contar con gusto, para que ese público también entendiese aquel mundo, la anécdota que le escuché a don Gonzalo en una tertulia de sobremesa. Años 40 del siglo pasado, tomando café en el Casino ferrolano, Torrente escucha una conversación entre dos señoras, esposas de marinos de alta graduación de la Armada. Una felicita a la otra porque ya se enteró de que su hija vuelve a salir con aquel teniente de navío, pues creía que habían roto su relación. La madre de la joven le responde que, en efecto, está muy contenta porque hayan vuelto, pero, al mismo tiempo, está muy preocupada porque el chico está destinado en un barco que va a zarpar para Cartagena y permanecerá allá bastante tiempo. Y ya sabes tú la fama que tienen las cartageneras, de guapas y zalameras… La otra señora fue rápida en la respuesta: «Mujer, pues habla con el Capitán General» (al que se refirió con el diminutivo con que lo conocían desde que eran niños y jugaban juntos en Amboage). Pasado el tiempo, en un acto social, Torrente coincidió con el citado Almirante, le contó la conversación que había escuchado y, como también había confianza, le preguntó si la madre aquella había hablado con él. El militar asintió. Torrente, curioso, quiso saber qué había pasado. «Pues, nada, que mandé el barco de vuelta para Ferrol». No les hablaría de teoría literaria, pero se iban a enterar de lo que era mandar en aquellos tiempos.

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