Esta luz de agosto


Siempre me ha gustado mucho ese pasaje del Quijote -estaba releyéndolo, hace un instante, mientras Ferrol resplandece bajo esta luz de agosto, también faulkneriana- en el que el Caballero de la Triste Figura tiene ante sí, derribado y vencido, al bachiller Sansón Carrasco, que había decidido hacerse pasar por caballero andante (Caballero de los Espejos, nada menos), con la convicción de que podría vencer a Alonso Quijano y obligarlo a regresar a su aldea, pero que finalmente ha sido él mismo el derrotado, y que está en tierra con las costillas rotas. Cuando don Quijote y Sancho ven el rostro de su vecino, tras retirar las lazadas del yelmo para saber si está vivo o muerto, quedan asombrados. Pero no porque piensen que en verdad es un habitante de su propia aldea, sino porque inmediatamente llegan a la conclusión de que ante sí tienen el fruto de una hechicería. «Advierte lo que puede la magia», le dice el Ingenioso Hidalgo a su escudero, que no para de santiguarse. «Soy de parecer, señor mío -le aconseja Sancho-, que, por sí o por no, vuesa merced hinque y meta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sansón Carrasco: quizá matará en él a alguno de sus enemigos los encantadores». «No dices mal -le responde don Quijote, sacando la espada-, porque de los enemigos, los menos». Trabajo le cuesta, al escudero del Caballero de los Espejos -en realidad otro vecino más, también disfrazado-, apaciguar a don Quijote y a Sancho, que proseguirán su viaje convencidos de que la verdad no es lo que ven sus ojos, sino lo que sueñan. Y cuánto me conmueve eso. Porque gracias a Dios, y a pesar de todo, también nosotros seguimos soñando.

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