Navegar la tierra


Esta columna, que además de un dietario es en realidad, como más de una vez hemos comentado, una invitación a conversar -la carta que semanalmente me permito enviarles a todos ustedes-, no la escribo hoy bajo techo, sobre una mesa de mármol en la que antaño se jugaba al dominó, sino al aire libre, en una terraza de Ferrol Vello. Es por celebrar la llegada del verano, mayormente. Se acerca la Noche de San Juan, la de la gran fiesta de las hogueras, en la que todo lo que no vale la pena ha de ser quemado para que renazca o marche definitivamente. Y a mí me da por acordarme de Mis Señoras las Sardinas, de las que soy especialmente devoto cuando se comen sobre pan de maíz, pero también del Barco de Vela por antonomasia, que no cruzaba océano de agua salada ninguno, sino que en el pasado se aparecía, según me han asegurado personas muy serias, en unos prados que acabaron tocándome por parte de Miña Madriña Carmen, que fue para mí una madre más, y que son un poco como una isla en tierra, puesto que por todas partes los rodea el agua -un agua, eso sí, muy dulce-, que corre por los arroyos que van a desembocar al Río de Sáa. No entiendo mucho de fenómenos paranormales, pero mientras tomo café aquí, en Ferrol Vello, frente al Mar de Ferrol, junto al Muelle de la Lancha, en este lugar maravilloso que guarda dentro de sí la memoria del Obispo Guevara -a quien el mismísimo Cervantes cita en el prólogo del Quijote- y la del profesor Carballo Calero, me da por pensar que tal vez esta noche debería ir a ver si es cierto que el Barco de Vela atraviesa los recuerdos de mi infancia, y si en él navegan los que tanto echo de menos.

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