«Me levanto a las 5 y vivo sin prisas»

SON HIPERMADRUGADORES por puro placer. No tienen obligación de levantarse de madrugada, pero prefieren ir por delante: aprovechan el tiempo a tope para sentir que le roban horas al día y disfrutar de otra tranquilidad


Hay personas como Nono García que jamás sienten esa sensación de remolonear cuando suena el despertador. No piensan «cinco minutitos más» ni se les pegan las sábanas NUNCA. Son de otra galaxia, pertenecen al grupo de los hipermadrugadores, capaces de exprimir el día a tope desde primerísima hora de la mañana, o mejor dicho, de la madrugada, pero sin necesidad de acostarse tempranísimo. A Nono le bastan «cinco horas bien dormidas» para sentirse a gusto, así que si se acuesta a las doce de la noche a las cinco o cinco y media está en pie. Hubo una época en que ponía el despertador a las 4.30 de la mañana porque siente que ese tiempo antes de que comience realmente el día es muy placentero para él. «Es mi momento, me sienta bien, aprovecho para leer tranquilo, para ver las noticias, para investigar o trabajar, porque yo siempre le he dado mucha importancia de alguna forma a los comienzos. Y siento que madrugar muchísimo es para mí un buen comienzo del día. Quiero empezar bien el día, es una especie de ritual que me aporta serenidad; gracias a levantarme a las cinco y pico vivo sin prisas». Nono es profesor de Física y Química en un instituto de A Coruña y dice a modo de broma que hubo una época en que llevó la dirección de un centro en Ferrol y sus compañeros se sorprendían con esos correos a las cinco de la mañana. «Coincidía que la jefa de estudios trasnochaba mucho y yo, como madrugo tanto, nos pisábamos con los correos electrónicos, así que de coña decíamos que la dirección nunca dormía», apunta este físico de profesión. «Para mí el tiempo es oro, pero jamás impongo a los demás nada de mis rutinas, no molesto a mi mujer, y el hecho de que yo esté levantado no significa que revolucione a toda la casa, todo lo contrario: me gusta esa sensación de paz, aunque el mayor de mis hijos lo ha heredado y muchas veces me lo encuentro por el pasillo a las 7 de la mañana, pero lo mando para la cama hasta las 8. Si quiere leer que lea, pero nada de romperme mi rutina», bromea. ¿Las vacaciones son así también? «Sí, sí. Cuando acabo el instituto me dejo unos días sin despertador, pero es raro que pase de las ocho; cuando pasan 15 días ya vuelvo a ponerlo aunque sea verano, y si estoy en un hotel, pues cojo un libro y a leer».

LA OSCURIDAD DEL INVIERNO

Nono cuando estudiaba la carrera jamás fue a una biblioteca, porque el ruido de una mosca ya lo alteraba; su estudio arrancaba de madrugada cuando sus compañeros de piso aún dormían. «Estoy seguro de mí mismo y sé que por la mañana temprano soy capaz de afrontar aquello que dejé pendiente de noche, eso nunca me ha agobiado porque yo respondo mucho mejor tempranísimo». De la primera hora le gusta esa sensación de asomarse y ver todas las luces del barrio apagadas y solo las de los semáforos funcionando, y si tiene que elegir entre la madrugada del invierno o la del verano, se queda con la oscuridad del primero porque parece que le rinde más. «En el fondo a mí lo que me gusta es sentir que le gano al día, que vivo más que otro, tengo claro que prefiero dormir dos horas menos y vivir más», indica. Claro que Nono sabe lo que es también el placer de volver a la cama para leer a media mañana. «Jamás me meto de nuevo para dormir, pero sí he probado eso de desayunar, trabajar y después volver placenteramente a relajarme leyendo». ¿Caes en la siesta?, le pregunto. «Diez minutos después de comer, pero no más», porque Nono, que es de apariencia tranquila, tiene esa comezón interior de quienes no paran de hacer cosas. Así que esta entrevista también agotó su tiempo.

Ana Varona Conchado: «No me aguanta el culo en la cama»

Es difícil dar con una persona que madrugue mucho y que lo haga totalmente por placer y no por motivos de trabajo, pero haberlas haylas. La carballesa Ana Varona, de 54 años, es una de ellas. Pensionista por enfermedad desde hace unos años, se levanta todos los días de la semana entre las 6.30 o 6.45 horas, sábados y domingos incluidos. «No me aguanta el culo en la cama. Para ello tienen que atarme. Siento que pierdo el tiempo allí metida y necesito entretenerme», dice. Y tanto, que ni el despertador le hace falta: «Soy un reloj natural. Tengo el chip metido en el cuerpo».

Lo primero que hace al poner un pie en el suelo es preparar un buen desayuno: «Me hago una tortilla francesa con unas lonchas de jamón serrano, unos dientes de ajo, un tomate y un café con leche y me sienta de maravilla», relata. Y con las pilas ya cargadas y cuando el reloj marca las 7.30 horas, sale a caminar entre una y dos horas, algo que le encanta. No importa que llueva o si en ese día no tiene compañía. Durante el invierno lo hace por el bosque, y en el verano, a lo largo de la playa de Razo.

Durante el día hace las labores de casa y la compra y sale nuevamente a andar. En este caso, su perro es un fiel compañero que nunca le falla. «En casa paro lo justo y necesario», cuenta entre risas. Y no es hasta las 23.30 horas cuando regresa a la cama: «Me llegan las horas de descanso. No necesito más». Y es que ante la pregunta de si no duerme una siesta, responde: «¿Qué es eso?».

Ana lleva toda la vida con este ritmo de vida. Incluso cuando trabajaba, hace apenas unos años, se despertaba todavía más temprano para salir a hacer deporte antes de entrar a currar. «Para mí, nunca fue trabajo madrugar porque disfruto más del día. Además, el olor de la primera hora de la mañana es especial, fresco, y no contaminado por los coches, y te activa. Escuchas el cantar de los pájaros y es una tranquilidad pura y dura. No hay color entre salir a caminar por la mañana a hacerlo de noche; las sensaciones vividas cambian totalmente», sentencia.

Antonio Rodríguez Novoa: «Con tres ou catro horas de sono basta»

Antonio Rodríguez es de los que madrugan porque el trabajo se lo exige, pero aun así es feliz. Este ourensán de 22 años al que llaman Toni trabaja en el mantenimiento de una gran empresa maderera en Santiago, y para comprobar que todas las máquinas están a punto, debe entrar a las 6.30 horas. La distancia al trabajo no es un inconveniente, pues en un cuarto de hora está allí porque vive prácticamente al lado, en el concello de Boqueixón. Aun así se levanta a las 5.15 para contar con toda una hora para prepararse con tranquilidad. «Non me custa madrugar e gústame facelo con tempo. Poño dúas alarmas por se acaso, pero co son da primeira xa me ergo. Doume unha ducha que me axuda a despexarme, almorzo ben e leo o periódico», comenta; aspecto este último que otros suelen hacer envueltos en las sábanas.

Una vez rematado el trabajo y repuestas las fuerzas, no es el turno de la siesta, sino de ir al gimnasio. Y cuando el reloj marca las 22.45 horas, la mente le recuerda que es el momento de soñar alto. «Pérdome moitas series, pero non me queda outra. Unicamente algún partido de fútbol me mantén no sofá, pero nin iso», confiesa Toni.

Este joven lleva dos años con este horario laboral, pero está «encantado» porque madrugar, dice, siempre fue algo que le gustó hacer. Así es que, incluso cuando ya no trabaja, en lo fines de semana, se levanta a las 8 de la mañana para hacer labores domésticas o salir a correr, aunque según su criterio, «iso non é madrugar; é facelo ás 5 da mañá». La única diferencia, que no tiene hora marcada para acostarse. ¡Y ojo! Aunque salga de fiesta, con «tres ou catro horas de sono» ya arregla.

El motivo de por qué le gusta tanto madrugar lo tiene claro: «Aproveito o día completamente. Chegan as 7 da tarde e xa teño todo feito. Sóbrame o tempo. Todo o mundo debería facelo. Para min non serve entrar ás 10 a traballar. E na cama, ¿que fas? Nada. Hai que erguerse e comezar a moverse!», argumenta.

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