Casi todo vale menos


Ferrol

A Mariano Rajoy se le pasó el tiempo rapidísimo, tanto que no tuvo ocasión de pensar en el futuro. M. Rajoy dedicó sus esfuerzos a recrearse en la herencia recibida al tomar posesión como presidente del Gobierno. No hubo un solo discurso importante en el Congreso de los Diputados, desde el atril del Palacio de la Moncloa o a través del plasma de Génova, que no tuviera como hilo argumental la situación catastrófica en la que había encontrado España y los ímprobos esfuerzos que tuvo que hacer para rescatarla. Así empezó su primera legislatura, aprobando un gran paquete de recortes, eliminando inversiones, pidiendo dinero a Europa para rescatar a una parte ineficiente del sistema financiero y aumentando todo tipo de impuestos y tasas para incrementar los ingresos públicos. Fue memorable aquella intervención en el Congreso de los Diputados, en medio de aplausos, sonrisas y vítores por parte de la bancada conservadora. Tanto que marcó el resto de sus mandatos, en los que el expresidente Rajoy continuó aplicando tenazmente su estrategia política: no gastar lo que no se tiene, hacer las cosas como Dios manda, no adelantar acontecimientos, no tomar ninguna decisión porque eso es también una decisión, no jugar al pan para hoy y hambre para mañana y saber gobernar sin volverse loco. Una estrategia inspirada en su propia filosofía rajoyniana: salvar las cuentas de España aunque se devaluase la vida de los españoles. Y en eso estaba cuando una mayoría absoluta del Congreso le arrebató su presidencia y su Gobierno. Le pilló desprevenido, con los cálculos mal hechos sobre la aberrante corrupción, solo una semana después de haber conseguido el apoyo de esa misma Cámara para aprobar los presupuestos. Con un país cada vez más lejos de pertenecer al G-8. Una Sanidad que pasó de ser la décima del mundo al puesto diecinueve. Las relaciones laborales y los convenios colectivos devaluados. Los salarios y las pensiones con menor capacidad adquisitiva. Mariano Rajoy devaluó la libertad de expresión, la dignidad política, la cohesión social, el equilibrio territorial y la cultura. Despachó la brecha salarial entre hombres y mujeres con una sentencia: «Mejor no entremos en esos asuntos». Devaluó el juego democrático vetando desde Moncloa acuerdos tomados por mayorías parlamentarias. Asistió impávido a la pérdida de valor de su partido político a manos de un nuevo partido conservador carente de programa, de experiencia y de implantación territorial. Hasta devaluó el idioma castellano, creando decenas de expresiones sin sentido e incoherentes. Ferrol, en los mandatos de M. Rajoy, también perdió peso relativo en Galicia y Galicia dentro de España. Desgraciadamente. 

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