La letra impresa


Entre los personajes más fascinantes que ha dado el siglo XX, y sin duda entre sus mejores escritores, está, ¿no les parece?, Georges Simenon, el creador de Maigret. Un narrador al que hoy, no sé por qué, no se le recuerda tanto como su obra merece, a pesar de que pocas cosas puede haber más agradables que sentarse a tomar café, naturalmente sin azúcar y a poder ser en mesa de mármol -sin ir más lejos, en cualquiera de los muy hermosos cafés del casco histórico de Ferrol-, y leer, mientras tras los cristales llueve, a ese magnífico escritor belga, que vino al mundo en Lieja, donde se crían palomas mensajeras que gozan de merecida fama en el mundo entero. Les digo esto -perdón, que ya se me estaba yendo el santo al cielo- porque la editorial Acantilado, de catálogo tan selecto, acaba de reeditar uno de los más bellos libros de Simenon, El caso Saint-Fiacre, traducido el castellano por Lluís María Tudó. Maravillosa novela, de corazón se la recomiendo. Como también les recomiendo la lectura del nuevo libro de Guillermo Llorca, publicado alrededor del Centenario das escolas de Instrucción dos «Naturales del Ayuntamiento de Fene», un volumen que ha visto la luz de la mano de la Diputación de A Coruña y del Concello fenés, y que viene a ser un homenaje a la memoria de cuantos desde la emigración, tras marchar a América, contribuyeron de forma decisiva, en tiempos muy difíciles, a poner la educación al alcance de los niños que habían quedado a este lado del mar. Hay algo mágico, siempre, en la letra impresa. Trataba yo ahora de recordar cuál fue el primer libro que tuve en mis manos, pero no lo consigo. Ojalá pudiese volver a verlo, y leerlo de nuevo.

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