Ahora en Ferrol, antes en el extranjero

Pasaron por Buenos Aires, Londres, Ginebra o Melbourne, pero regresaron y ahora cuentan su historia a los jóvenes

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Ferrol

La emigración desde Galicia hacia el mundo es un fenómeno que no ha cesado desde el siglo pasado. Aún así, sorprende escuchar la historia de aquellos que, en medio de la precariedad, se aventuraron a cruzar océanos y empezar una vida nueva, sin apenas saber, algo que no ocurre en la actualidad, lo que se iban a encontrar al otro lado. «Emigrábamos porque todo el mundo emigraba. No supimos el porqué hasta que, una vez en otro país, tomábamos conciencia de que fuera había oportunidades», cuenta Antonio Maseda Camba (Vilapedre, Vilalba, 77 años). Él es uno de los participantes del proyecto Fálame da emigración de Afundación, a través del que cuentan su experiencia a alumnos de los centros educativos de la ciudad.

Antonio nació en una pequeña parroquia vilalbesa con «muy pocas oportunidades de aprender cosas y prosperar». Una tía paterna en Buenos Aires sirvió de señuelo para partir hacia allí. Él lo hizo el 17 de marzo de 1957 -todos recuerdan la fecha de ida-, con apenas 15 años. «Fue un momento tristísimo. Los jóvenes cantábamos arriba y los viejos lloraban abajo», recuerda del día en el puerto de Vigo, donde subieron al barco un millar de personas. Ahí empezaron lo que acabarían siendo 32 años en Argentina. «Yo pude volver, pero la mayoría que fueron se quedaron para siempre», dice.

Este vilalbés, dueño con su familia del bar Miramar de Caranza, trabajó en Buenos Aires en un laboratorio fotográfico durante varios años, pero después de acabar allí los estudios, acabó viviendo de técnico electrónico. «Fui muy feliz. Estuve en los años de plenitud de la vida, la juventud, y pude aprovecharlos», asegura.

 De Argentina a Inglaterra

En la capital argentina también transcurrieron seis años de la historia de Esther Maseda Camba (73 años), su hermana. «A mí no me obligaron. Fui porque quise ir, y no estoy arrepentida de haberlo hecho. Si estuviera en las mismas circunstancias que en aquellos tiempos, volvería, porque estábamos con muchísima pobreza, teníamos muchísimas ganas de tener una situación mejor», expresa y recuerda que el 3 de noviembre de 1964 fue «muy doloroso». «Se lloraba más entonces cuando una persona marchaba que ahora cuando una persona se muere», asegura. En medio de las notas de El emigrante, de Juanito Valderrama, cogió el barco en A Coruña. «En mi caso la llegada fue buena porque tanto Antonio como mis tíos me estaban esperando», cuenta.

Esther trabajó cosiendo en una sastrería durante el tiempo que estuvo allí, hasta que partió a Londres para seguir progresando durante los siguientes 13 años, siempre ocupada en la hostelería. Allí se casó con un chico de su misma parroquia y tuvieron dos hijos. «En Inglaterra se me hacía todo muy grande, pero lo pasé divinamente bien porque había mucha juventud», agrega.

En el centro de Mugardos nació Juan Filgueiras Cartelle (83 años), que con 15 años entró en la Escuela de Aprendices de Bazán, aunque el hierro «nunca» le gustó. Por eso, en cuanto un primo suyo le dijo que por qué no se iba a Ginebra (Suiza), empezó a preparar su marcha. Con 25 años solicitó una excedencia por estudios, alegando que tenía unos tíos en Barcelona que le ayudarían a terminar la carrera. «Era mentira, pero me sirvió de subterfugio para conseguir el permiso en Bazán», cuenta. Así que el 20 de junio de 1960 se subió al tren Catalán al encuentro de Pancho, el amigo de su primo que lo esperaba en Suiza.

 «No sabía ni papa de francés»

«Para buscar trabajo, me dijo que tenía que salir de casa con un diccionario, un plano y la lista de empleos de la Tribune de Genève. Y así hice», continúa Juan. Sin saber «ni papa de francés», dedicó su tiempo a dar baños electrolíticos en esferas de relojes. Estuvo los primeros años soltero y lo siguientes con una mugardesa que había conocido por correspondencia. Más adelante, también iría con ella seis meses a Londres. «La emigración me resultó bastante agradable. Me sentí realizado cuando aprendí el francés y me adapté», resume.

Mientras, Andrés Gallego Pérez (Mugardos, 94 años) tenía un puesto fijo en una industria siderúrgica de Gijón, pero se enteró de que buscaban gente en Australia y allá fue. «Vino una comisión del país por si éramos analfabetos, nos dieron un librito y, después de eso, cogimos el barco en Vigo», rememora. Era marzo de 1963 cuando «sin saber nada de inglés» se instaló en Darwin. Allí conoció a un español de Melbourne, la que acabaría siendo su ciudad. Estuvo limpiando vagones de tren y, cuando aprendió el idioma, de soldador en una fábrica de tractores, otra de muebles metálicos y una más de depósitos de agua, hasta que se vino. «Siempre se siente morriña, ya la sentía cuando estaba en Asturias. Pero Australia es un gran país y estuve muy bien, no me faltó de nada», concluye. Aunque nunca pudo volver, el recuerdo queda ahí y ahora reposa en Ferrol, donde los jóvenes conocen este pasado diferente.

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