«Vivir en esta casa es una agonía»

Una familia entró en un bajo de Recimil con la intención de conseguir el alquiler, pero al hacerlo acabó perdiendo la risga

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«Vivir en esta casa es una agonía» Una familia entró en una casa de Recimil con la intención de conseguir el alquiler, pero al hacerlo acabó perdiendo la risga

Ferrol

Es una tarde fría de la primavera, pero en un bajo de la calle Ares, como en otras muchas viviendas de Recimil, las ventanas están abiertas de par en par. La humedad traspasa las paredes por todos los costados. La familia que vive dentro invita a pasar a La Voz. El olor a amoníaco, de origen desconocido, inunda la casa, que se recorre en poco tiempo. Hay un salón, con un sofá y un par de camas, donde duermen Daniel Rodríguez (28 años) y Federica Hagemann (30 años); una cocina, un vestidor sin puertas repleto de ropa y una habitación, con dos camas. En una descansan Maxi (12 años) y Adrián (6 años). En la otra, Dayna (10 años) y Nerea (2 años). Seis miembros, en total, que entraron en esa casa en marzo del 2017.

Un año antes de esa fecha, Dani, ferrolano, y su pareja decidieron abandonar Canarias. Allí, donde se conocieron, él se había ido de joven a buscar trabajo. «Pero después de una década, estaba sin trabajo y decidí volver a mi ciudad porque me enteré de que había alguna ayuda», expresa. Una señora les alquiló una vivienda en la zona de San Xoán, aún sabiendo que no tenían ingresos regulares. El primer mes lo pagó con un anticipo y, aunque que le costó, Dani acabó consiguiendo la risga. Sin embargo, la realidad fue que la mensualidad del piso era de 270 euros y su ayuda, de 280. «La trabajadora social me dijo que nos teníamos que conformar, que era lo que había y que si no, no hubiéramos venido», asegura. Pero la situación los acabó ahogando. «La propietaria, que incluso nos dejaba estar sin abonar el alquiler, llegó a pagar hasta los gastos. Y eso no lo puedo permitir», dice.

En busca de una vivienda

Como sabía que en Recimil había pisos baratos, Dani se acercó a buscar una vivienda. Habló con mucha gente e incluso las mafias que se adueñan de los pisos vacíos le ofrecieron uno. Al final el método fue otro: encontró a un vecino que se iba a mudar. «Me dijo que iba a entregar las llaves en el Ayuntamiento, pero que conservaba una copia», recuerda. Es la casa en la que vive ahora. «Quiero dejar claro que no entré forzando nada. De hecho, la policía comprobó que sigue la misma cerradura de entonces», explica. Tan pronto pudo, se dio de alta en el agua, la luz y el gas. Sin embargo, a día de hoy sigue sin ser titular de la vivienda para pagar el alquiler, a pesar de haberlo intentado en el Concello de todas las formas posibles. Y, al final, la situación irregular acabó con su risga: «Me dijeron que no iba a haber problema, pero me la quitaron».

Ahora sobreviven con otros 280 euros, del programa Prepara, concedidos a Federica. «Me correspondían casi 500, pero en su día me compensaron con su risga [dos días antes de retirárselo a Dani]. Total, que nos quedamos como estábamos», comenta ella.

«En servicios sociales nos han dicho que no querían ayudarnos, que estaban esperando a que viniera un juez y nos echase a todos. Son palabras textuales. Pienso que están esperando a que un edificio se caiga y derribarlos todos», expresa Dani. Al menos tres días a la semana sale con su currículo a la calle en busca de un trabajo. No consigue nada. Probó como mariscador furtivo, pero lo vieron y le requisaron todo el material. No quiere volver a probar por el miedo a una condena penal. «Mis hijos comen todos los días, pero para eso me tengo que buscar la vida. Lo único que me queda es delinquir y mendigar, pero no lo pienso hacer, no lo veo necesario con la edad que tengo», dice. A los cuatro pequeños, estudiantes del colegio Recimil, se les ve felices a pesar de la situación. «A otras personas sí las ayudan teniendo muchas menos cargas familiares», denuncia.

La familia vendió el coche y la moto. Su verdadera ayuda es la que les presta casi desde que llegaron la parroquia de San Xoán. Gracias a ellos disponen, por ejemplo, de un frigorífico y una lavadora. «Pero no tenemos nada. Y la trabajadora social nos ha dado cita para el 5 de junio. «¿Qué hago mientras con cuatro criaturas?», se pregunta su pareja

La familia se quiere ir «de una vez» de Recimil, pero nadie les quiere alquilar un piso con lo poco que perciben. «Vivir en esta casa es una agonía, muy difícil. Nos hemos pasado tres meses de invierno pasando frío, únicamente con un calefactor de 10 euros», detalla Dani. Aunque los vecinos son «fenomenales», la zona «tranquila», no aguanta más. «Siempre aposté por Ferrol, pero nunca me arrepentí tanto de algo en mi vida como de haber venido. Pagaría lo que fuera por volver a Canarias, aquí lucho cada día y no me permiten avanzar, cuando hay gente que vive del cuento. Y eso que sé que hay situaciones mil veces peores que la mía», aduce. «Esto es desesperante», resume Federica. Con la wifi que le deja su vecino, creó en Facebook la página Stop Abandono Social Ferrol, con 37 seguidores. Una ventana más para esta familia que ya no sabe qué hacer.

Un mercado que podría tener más vida

Álvaro Alonso

Las lentitud municipal en la asignación de puestos frena a la plaza de Recimil

En el mercado de Recimil, la mitad de las persianas están bajadas. Y no porque no haya nadie que quiera ocupar esos puestos, sino por la lentitud del Concello de Ferrol para asignarlos. Eso es lo que dicen los representantes de una plaza que está viva, pero que podría estarlo más. «Hay mucha gente joven que quiere un hueco, porque le interesa mucho, pero el Ayuntamiento no cede y la gente se acaba marchando». Lo dice Paco Maceiras, con diez años al frente de la asociación de vendedores y casi tres décadas en su pescadería. «No es que estemos molestos, sino lo siguiente. Todo se basa en pasar la pelota de unos a otros. Somos la última...». Raquel Caaveiro, la secretaria del colectivo, prefiere dejar los puntos suspensivos vacíos. En las instalaciones ubicadas a un paso de la carretera de Castilla hay unos 65 puestos, pero solo 34 están abiertos. «El mercado, al igual que los negocios, le da vida al barrio. Si desaparecemos todos, esto se va a quedar desolado», augura Paco.

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