Crucifixión y resurreción


El clima que genera la Semana Santa, particularmente en Ferrol, me produce un estado de ánimo difícil de definir, porque es una mezcla de emociones condicionadas por las circunstancias personales y colectivas, que hoy no invitan al optimismo. Nuestra vida se tiñe de luto por la barbarie de tantos crímenes inconcebibles. Y, también, de una creciente inquietud por el futuro de España. Por eso la imagen de mi Semana Santa es la del Crucificado como expresión del dolor que sienten las gentes de bien, que luchan por un mundo mejor sin que se quiebre su confianza en la capacidad del ser humano para superar el horror y la desesperanza ante el crimen o la traición. Y eso me ayuda a percibir, en medio de la niebla, la sombra del Resucitado…

Es evidente que las procesiones ya no son solo manifestaciones colectivas de religiosidad. Son, también, un hermoso y popular espectáculo de creyentes y no creyentes, que despierta fervor y respeto a pesar de los intentos del populismo de desnudarlas de su carácter religioso. En la interesante entrevista a A. Muñoz Molina, que el domingo publicó este periódico, encuentro una frase que me atrevo a aplicar -aunque en nada se refiere a la Semana Santa- a las ciudades españolas durante estos días- a Ferrol de modo muy significado- «una explosión de la ciudad a pie de calle».

No pretendo que las miradas de los ferrolanos y visitantes busquen entre la multitud la del Resucitado para calmar el dolor. Pero reivindico mi derecho a hacerlo sin que me secuestren el auténtico sentido de la Semana Santa

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