Un adoquinado repleto de trampas

Los hundimientos del empedrado del casco histórico merman un tipo de vía que está protegida


Ferrol

Las pequeñas piedras tan características del barrio de A Magdalena han acabado siendo, casi cada una de ellas, un pequeño dolor de cabeza para conductores y viandantes. Un adoquinado que en un principio podría parecer un elemento imprescindible para mantener el valor del casco histórico se ha convertido en una pesadilla. ¿Por qué? Principalmente, por la falta de conservación. Los hundimientos se suceden en unas vías que asumen una cantidad ingente de tráfico cada jornada. Los vehículos pasan una y otra vez por los mismos puntos, estos se tornan irregulares y no se hace nada por subsanarlo. Revisando las obras realizadas por Misturas en los últimos meses, encargadas por el Concello, aparecen una docena en A Magdalena, pero solo una relacionada con los adoquines, en una zona peatonal de la parte trasera de la iglesia de las Angustias. Las demás son, principalmente, de las grandes losetas que también pueblan el centro. Pero todo parece insuficiente.

Las calles de bajada y subida son las más que más coches acumulan y, a consecuencia de ello, las más dañadas. Rubalcava, Tierra, Coruña y Concepción Arenal están repletas de socavones, en los que los vehículos entran y salen abruptamente. Rodar por esas vías se convierte, incluso, en un riesgo. También por la plaza del Callao, que pese a las continuas reformas, está volviendo a dejar ver su esqueleto, o por la calle San Francisco, con varias zonas en un estado deplorable. Además, se añaden Pardo Bajo, Carmen o San Diego. Estas contrastan con la calle Real o parte de María, con un pavimento liso.

¿Se puede suprimir?

La pregunta que siempre sobrevuela el centro es si sería conveniente que todas las vías adoquinadas fuesen como la calle del Sol, en la que se sustituyó por un firme de hormigón liso y el empedrado quedó relegado a los laterales. Sin embargo, prescindir de él en otras zonas no es sencillo y, por ello, va a seguir siendo un elemento protagonista.

Cualquier actuación para suprimir el adoquín deber ser siempre informada por la Dirección Xeral de Patrimonio, que podrá autorizarlo o no. En este sentido, la prioridad para la institución autonómica no es el tráfico rodado, sino la imagen global en conjunto. Asimismo, tanto en A Magdalena como en Ferrol Vello existen sendos planes especiales que protegen específicamente algunos de los pavimentos tradicionales. Además, el gobierno local nunca ha anunciado ninguna actuación integral para un cambio de esta envergadura.

El adoquín también tiene ventajas, como la de mantener el componente estético e histórico del centro, o aminorar la velocidad de los vehículos. Eso sí, si está en condiciones óptimas y no se convierte en una tortura. Hay muchas tiritas que poner en las calles de A Magdalena.

«Las calles están como la boca de un viejo»

 

Una encuesta realizada por Sondaxe hace un año reflejaba la principal preocupación de los vecinos del casco histórico: las infraestructuras. Esa sensación se confirma al recoger los testimonios de los viandantes y conductores habituales de A Magdalena.

Mariluz baja por la calle de la Tierra con su andador. Asegura que le duelen las manos de las vibraciones de las ruedas y pide «que arreglen las calleciñas». «Muchas baldosas están levantadas, al menos si las pusieran los adoquines igualaditos...», prosigue. Ya se cayó un par de veces, una delante de la farmacia de esa misma vía y otra, en la calle Real a la altura del Derby, en ambos casos por un tropezón. «Hay sitios por los que ya no voy», apunta.

También acabó en el suelo, en la calle Coruña, Carmen, que camina con Rosa del brazo por la calle María. «Siempre vamos mirando para el suelo. Las calles están como la boca de un viejo», dice Carmen sobre los empedrados.

Una mejor valoración la tiene Rocío Sánchez, acompañada de su bebé, quien ve bien el adoquinado «en las zonas en las que está cuidado». «En las que no, como en el Cantón, tengo que hacer un sobreesfuerzo para mover el carrito», comenta. Habla, sobre todo, de la zona que rodea al conocido como cenicero, donde hay multitud de losas levantadas de la tierra.

Mientras, en el apartado de los conductores, los hay que conocen el terreno al milímetro. Juan se asoma por la ventanilla de su taxi, estacionado en la plaza de Armas, y explica que los empedrados «se arreglan, pero nunca se reparan». La amortiguación y los bajos de su vehículo, su herramienta de trabajo, sufren cada jornada. «El coche se machaca y también yo, porque dar saltos continuamente es molesto para la espalda», expresa. Además, considera que todas las obras deberían ser como la del Callao, empezando desde nivelar el suelo, aunque esa zona «vuelve a estar mal».

Precisamente por este punto pasa a diario, en varias ocasiones, José Manuel González, conductor de Tranvías de Ferrol. «Sufren los chasis de los autobuses, se estropean antes», menciona. Él comprueba de primera mano como se va hundiendo la zona de paso de los vehículos, cada vez más. «Siempre vamos por el mismo sitio y se va desgastando», señala. Su bus, el de la línea 9, por ejemplo, atraviesa por la plaza unas 40 veces al día.

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