«No justifico a los furtivos, pero los entiendo»

Exfurtivos ahora con permiso en la ría, un mariscador sin carné y un percebeiro de la costa ferrolana dan su punto de vista sobre un problema que sigue existiendo en el sector


Ferrol

En el medio de la ría, en una zona elevada entre el lombo de Neda y O Couto, se observan diecisiete puntos negros. Son mariscadores a pie, que cuando a media mañana acaban la faena, caminan medio kilómetro casi con el agua al cuello para llegar a sus coches. Para algunos de ellos, esa labor era diferente hasta hace tres años. Antes carecían de permiso. Eran furtivos, que desde entonces, gracias a las reivindicaciones para acceder a un permex, pueden trabajar de forma legal.

«Mi opinión es que debían de dar más carnés. Hay que darse cuenta que estas personas van a dos mareas, están cogiendo los topes que quieren y no ayudan en los demás trabajos de la cofradía. Entonces, creo que resta más de lo que suma que no sean legales, porque siéndolo se ceñirían a nuestras normas», expresa Emilio, que conoció durante años la otra cara de este oficio.

Cuando uno estuvo al otro lado, va de la mano la comprensión con el que está ahora. «No los justifico [a los furtivos], pero como en su día lo hice, los entiendo. Está claro que es un delito, pero cuando no hay un duro, se hace lo que sea», añade. Emilio, padre de tres hijos, se metía o no al mar en función de si tenía o no trabajo en su sector, el metal. Por eso, habla de «comodín laboral» cuando se refiere al marisqueo ilegal. A su lado, allí en O Couto, cuenta una historia similar Juan, uno de sus compañeros del pósito de Ferrol. «Se me acabó el chollo en la Bazán, pero las facturas siguen llegando a casa», dice. Se pasó seis años sin carné saliendo a la ría cada jornada. «Iba todos los días, también los sábados y los domingos, era el sustento. Cogía lo que podía», rememora.

Él también entiende el furtivismo actual. «Ellos no tienen la culpa. La Xunta nos dice que tenemos que llamar nosotros para denunciarlos. Pero, ¿cómo voy a llamar para que le quiten el pan a un compañero?», agrega el mariscador, que critica, eso sí, que los ilegales «cuando entran, se lo llevan todo, y la zona está muy quemada». «Algunos respetan el tamaño, pero otros se obcecan en coger todo», interviene Emilio. Jesús, otro que estuvo en ambos lados, asegura que hay «muchísimo menos» marisco que antes: «Ahora hay que darle sin parar, incluso arriesgar tu vida».

Entre los factores de los que dependen estos profesionales está el precio del marisco que recogen, en el que también afectan los ilegales. «Si hay furtivos es porque les compran el marisco. Y cuanto más allá por fuera, nuestro precio será menor», señalan. No obstante, los presentes se ponen de acuerdo en que «todos» tienen la culpa del furtivismo. Los sin carné, por hacerlo; ellos, por hacer la vista gorda, y las autoridades competentes, por no poner las medidas necesarias. «El número de efectivos es insuficiente. Habría mil maneras de vigilarlos, pero lo cierto es que ahí siguen», comentan.

A ellos, con permiso desde octubre del 2016, no les ha cambiado tanto la vida. Emilio, por ejemplo, no llegó a los 600 euros de ganancia en febrero. «No eres mileurista -continúa-. Yo sigo con 55 años porque me gusta. Estoy encantado de trabajar en medio de la naturaleza», valora. Eso sí, en O Couto, podían hacerlo con mejores accesos y con algún sitio en el que cambiarse, ya que lo hacen al aire libre. «Nuestros problemas a veces son graves y nos sentimos algo desamparados», concluye el mariscador.

«A veces pienso si compensa andar escapando para lo poco que cojo»

Un coche en el acceso a la playa de Caranza, a primera hora de la mañana, sirve de señuelo para saber que sobre la arena habrá algún furtivo. Es la única zona de cierre total del marisqueo de toda la península -por su contaminación-, pero también el lugar al que siguen acudiendo los mariscadores sin carné cada jornada.

Al bajar a la arena, aparecen cuatro personas, cada una en un punto, en busca de lo poco que hay. Al rascar, con una humilde azada, van saliendo sobre todo almejas y algún berberecho. Es un furtivismo a baja escala, de lo poco que queda a pie en la ría ferrolana. «Antes venía más a Caranza, pero ahora ya no, porque no encuentro nada y además nos controlan bastante», cuenta Miguel, un vecino de Recimil. Lleva tres décadas mariscando, desde que era pequeño, aunque siempre sacando lo justo. «Hoy estoy aquí, mañana allí y pasado en otro lado. Buscamos por donde sea, no vamos siempre por el mismo sitio», explica.

Eso sí, el madrugón de cada día no se lo quita nadie, aunque a veces no sabe si le vale de algo. «Ya se ve lo poco que sacamos [señala el cubo, donde apenas hay almejas tras una hora de trabajo]. No sacamos nada, ni para el pan», comenta. Miguel tiene tres hijos, uno de ellos una niña de 8 años. «Sin cobrar nada, hay que buscar la forma de sacarlos adelante», se justifica. No tiene ningún ingreso más salvo algún encargo para transportar chatarra.

Pero él, como los demás furtivos, están en el punto de mira de la Policía Autonómica. Tiene unos 4.000 euros acumulados en multas porque al declararse insolvente nunca las ha llegado a pagar. «A veces pienso si compensa seguir escapando para lo poco que cojo. No están siempre encima, pero si hay que correr, se corre, no nos queda más remedio», añade Miguel.

Y para vender lo poco que sale de la arena, él y los demás ya saben como buscarse la vida por ahí. «Antes vivía por aquí, por Caranza, y ahora voy a los pisos. Tengo gente que me conoce y a lo mejor uno me compra un kilo; otro, otro kilo... y así andamos. Es lo que hay», concluye.

«Nuestra obligación es denunciarlos, pero muchos son amigos»

Llega el domingo y la persona con la que se va a tomar una cerveza ha sido, durante la semana, un percebeiro furtivo. «Nuestra obligación es denunciarlos, pero muchos son amigos y por eso casi siempre te ves en una encrucijada», expresa un profesional con permiso que da su testimonio a La Voz con el acuerdo de no identificarse. Cada día se juega la vida en las rocas que pertenecen a la cofradía de Ferrol, entre el puerto exterior y el faro de A Frouxeira, donde hay «mejores percebes que en O Roncudo», asegura.

Este percebeiro conoce a muchos furtivos, que divide en varios tipos: los que llevan toda la vida y no entienden de papeles, los padres de familia sin otro recurso y los jóvenes que buscan ganar algo de dinero. «En Ferrol es un espectáculo», dice sobre esta lacra, aunque señala que al igual que ellos, también hay quién debería vigilar y «hace la vista gorda». Las amistades llegan hasta los acantilados. El problema, a pesar de que hay recurso de sobra, es que los mariscadores sin carné no dejan crecer el percebe y «arrasan con todo». Sobre los buzos, desvela que hacen «inversiones ingentes».

En cuanto a la venta «por fuera», deja claro que «no es difícil que alguien los compre». Conoce varios restaurantes de la comarca que utilizan esta vía, pero prefiere guardarse los nombres. «Incluso algunos con permiso, no yo, cogemos algunos kilos por encima del cupo para ganar algo más», concluye el percebeiro.

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