«Tengo claro que no pasaré frío»

Ignacio se mudó a Ferrol por amor, acabó en la calle y lleva más de un año de okupa

Más de un año de okupa en una casa del muelle Ignacio está tratando de buscar una salida a su situación

Ferrol

A la derecha de la oficina del peregrino, en el muelle, un arco da acceso a la calle Curro, un pequeño callejón. Allí se encuentra el centro cívico de Ferrol Vello y, más hacia el fondo, el lugar donde vive Ignacio Paredes (31 años). Después de dos toques en la entrada, su perro, Norte, alerta de la visita. Ignacio da dos vueltas a la llave y abre. Él mismo colocó la puerta hace algo más de un año, cuando okupó la vivienda.

Llegó a Ferrol para participar en una feria medieval y se quedó por amor, pero a los cinco meses, el 17 de enero del 2017 -se acuerda de la fecha-, su pareja lo echó de casa. «Me quedé en la calle con cinco perros», rememora. Uno es el que sigue con él y los otros viajaron a A Coruña. Dos semanas más tarde ya tenía cobijo. «Es que me tengo que buscar la vida. Tengo claro que no voy a pasar frío, no voy a estar a la intemperie», expresa.

El callejón es un lugar habitual de okupas desde hace años, así que al llegar, puso la casa «curiosa», dice. Por eso, colocó la puerta y fue añadiendo detalles, gracias a lo que fue ahorrando y lo que encontró. Ahora tiene una televisión con una antena portátil, con dos sofás enfrente, un par de calefactores -que agradeció este invierno- o un microondas, que utiliza gracias a estar «enganchado» a una farola. La casa, no obstante, tiene huecos en las ventanas y está plagada de humedades.

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Poco a poco, la fue haciendo suya, aunque al principio no fue fácil. «Los okupas que vivían enfrente me quisieron echar, porque querían todo el espacio para ellos», recuerda, y añade que «hay tipos y tipos de okupas». Ahora, él y Norte, que define como «una maravilla de perro», tienen allí su espacio. «Esta casa es igual a las que se pueden ver en las películas del Vaquilla o del Torete. Mi historia no es como la suya, pero el lugar donde vivo, sí», cuenta. 

Una rutina diaria

Aunque toda su vida ha sido «complicada», asegura, tiene claro que debe ser muy fuerte psicológicamente para intentar buscar una salida. Una de las técnicas que usa es llevar una rutina diaria que le ayuda a no perder la cabeza. Todas las mañanas se le puede ver pidiendo en la calle Real, al mediodía acude a la Cocina Económica y las tardes las suele pasar entre su vivienda y el exterior, hasta que llega la noche, cuando se resguarda y se entretiene con la televisión.

No obstante, tiene ganas de salir de esta vida «cuanto antes». Por ello, cuenta, se autodenunció como okupa y consiguió el empadronamiento en la casa donde esta ahora. De esta manera, logró ser atendido por una asistenta social de la zona, que lo está ayudando a volver a tratar de recuperar la risga. Incluso ha solicitado una de las ayudas de rehabilitación que se ofrecen en Ferrol Vello, con el fin de renovar el sitio en el que vive. En el bolsillo lleva todas las tarjetas de demandante de empleo que ha acumulado. «Estoy luchando todo lo que puedo», traslada.

Los vecinos han aceptado su presencia allí y aseguran que no da ningún tipo de problema. «Es una cuestión de respeto. Ellos confían en mí y yo en ellos», comenta Ignacio, que reitera que «la calle es así de difícil». «Tengo que salir de esto», concluye.

La okupación se extiende desde hace años por varios rincones de la ciudad

Los edificios abandonados crecen sin parar y, con ello, la posibilidad de que ocurra lo mismo con las okupaciones. Así, son varios los barrios de la ciudad en los que las asociaciones vecinales lo consideran un problema. Empezando por Recimil, donde es una práctica habitual y hay personas instaladas de forma ilegal prácticamente en todos los portales. Además, está Ciudad Jardín, que podría considerarse el segundo foco, debido a que un tercio del centenar de edificios que fueron construidos no tienen quien los habite. En este caso, al inconveniente de que haya desconocidos viviendo en condiciones insalubres se une la preocupación de la droga. Y otro punto habitual, también conocido, es el antiguo cuartel del Sánchez Aguilera, donde se pueden ver cada jornada las prendas colgadas en el exterior.

Más allá de estas zonas, donde la okupación está extendida, A Magdalena, Ferrol Vello, Canido o Caranza también la sufren. En el casco histórico se ha vuelto a visibilizar recientemente con un nuevo incendio, esta vez en la calle María. Esto también ocurrió no hace tanto en el muelle, donde hay okupas localizados en la calle de la Merced o en la de los Mártires. En esta última, de hecho, los dueños del bar Palas adelantaron el cierre por los problemas que le estaba dando el que se encuentra allí ahora, que además tiene amenazado a un vecino con discapacidad mental. En la calle Curro, antes de que llegara Ignacio, hubo unos que incluso hicieron churrasco en la calle. «Depende mucho de qué tipo sean. Los hay que no se meten con nadie y otros muy maleducados», cuenta una vecina.

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Mientras, en Canido es en una especie de corrales de la calle Ínsua, pequeños edificios, donde hay rastros de okupación. Allí, una vecina cuenta que los ve a diario, aunque intenta no levantar mucho la voz, por miedo a que la escuchen. Precisamente el secretismo y el temor marca los testimonios sobre este tema. Todavía más en Caranza, donde se cuentan sobre media docena, entre Tejeras y las conocidas como 398 viviendas. En esta última zona, una mujer que vive enfrente de una, en un segundo piso, señala que no es de su agrado, pero no es suya la casa. En todos los barrios no faltan ejemplos.

El ejecutivo de Suárez ignora la existencia del problema

El gobierno de Ferrol no considera la okupación un problema de importancia en la ciudad. Así lo dejaban entrever ayer fuentes del ejecutivo de Jorge Suárez, consultadas sobre esta cuestión. En las diferentes reuniones mantenidas durante el tiempo de mandato con las asociaciones de vecinos, aseguran que «no hay constancia» de que la presencia de okupas resultara una preocupación. Tampoco han recibido notificación de ello por el registro municipal ni se ha tratado el tema en reuniones de seguridad. Mientras, la Policía Local, a través del Concello, detalló que el número de casos en los últimos meses «no es llamativo» y que tampoco se ha notado un repunte con respecto a épocas anteriores.

Las viviendas de Recimil son las únicas que están siendo revisadas por el Concello, mientras las otras son de titularidad privada «y por lo tanto son los propietarios los que tienen que hacer la denuncia», expresan desde el gobierno de Suárez, y añaden que en caso de que ocurra eso «ya es competencia de la Policía Nacional y los Juzgados».

Por lo tanto, más allá de las casas baratas, no existe un censo ni ningún tipo de control sobre los pisos que están siendo okupados, cuando se trata de un inconveniente que se palpa en cada barrio. «Cuando se trata de viviendas particulares, no es un problema del Concello», reiteran desde el ejecutivo local. Además, agregan que se trata de algo que «ocurre en todas las ciudades y seguirá ocurriendo».

Ninguna concejalía se encarga específicamente de ello y la sensación es de que seguirá siendo así. Mientras, decenas de personas se instalan ilegalmente en pisos abandonados de la urbe.

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