Señores concejales, hagan calceta


Ya había leído en las páginas de este mismo periódico en una estupenda crónica de mi compañera Beatriz Antón, que los jueves por la tarde se reúnen en el café Beirut un grupo de madres para, al tiempo que hacen calceta y se divierten, comentan la vida misma, ponen el mundo patas pa arriba y pasan un rato agradable charlando. Seguro que de esas tardes de aguja y café salen ideas geniales, se intercambian información valiosa -¿cómo, qué abrió el plazo de la guardería?- y se ríen. Mientras las veía desde la distancia, al tiempo que me entraba un poco de envidia -pero no sé calcetar, qué le vamos a hacer-, pensaba: qué buena manera de relajarse. Y en una de estas, en que a cabeza non para, pensé: ‘seguro que si los concejales del Ayuntamiento se llevasen la calceta a los plenos... estarían más relajados’. Y por un momento me los imaginé agujas en mano comentando las mociones del orden del día con un tono mucho más cordial del que acostumbran, con un gesto facial más relajado y con acuerdos más fructíferos para la ciudad.

No nos engañemos, los plenos algo de sobreactuación requieren, pero sin pasarse. En mis comienzos en la profesión, me llamaba poderosamente la atención que concejales de gobierno y oposición charlasen amablemente en los pasillos cuando minutos antes en las bancadas del pleno se hacían fuertes reproches. El tiempo me hizo ver que sí es posible separar el papel político del personal.

Sin embargo, algo pasa actualmente en el Concello de Ferrol que hace que los reproches y las discusiones sean el leitmotiv de los plenos. El todos contra todos enrarece cada sesión y como apenas van asuntos de interés por la falta de presupuestos, al final son las mociones la excusa perfecta para tirarse los trastos a la cabeza. Aunque se aprueben. Con razón el otro día Jorge Suárez decía que se pensaría muy mucho si repetir como alcalde.

La cosa no va a ir a mejor. Falta poco más de un año para las elecciones municipales, y la lucha por desgastarse unos a otros se recrudecerá. Aunque es difícil imaginar qué más se pueden decir en estas broncas sesiones a las que nos tienen acostumbrados a los ferrolanos.

A la postre, lo más triste de todo, y es lo que siempre se dice, pero que en el caso de Ferrol es gravísimo, es que el teatro del pleno no beneficia a ninguna ciudad, pero menos a una urbe con una población envejecida, urbanísticamente deteriorada, con servicios precarios como el transporte, y con una autoestima por los suelos.

Sobreactuar en los plenos, señores concejales, es lícito, pero siempre y cuando detrás haya un trabajo-gestión que beneficie a la ciudad. Y sino, hagan calceta, al menos para relajarse.

Autor Antía Urgorri CIUDADANA

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