El club de la calceta del café Beirut

NI parchís, ni dominó, ni cartas. La afición que triunfa en el bar del Cantón tiene como protagonistas a doce mujeres que tejen para vestirse, cultivar su amistad y sacudirse el estrés


ferrol / la voz

Además de ser esos «lugares tan gratos para conversar», que cantaba Gabinete Caligari, hay bares que hacen la función de refugio para amantes de aficiones de lo más variopintas. En el Dover de la calle Dolores solía reunirse una peña taurina, en el bar Seijo de Canido se sigue jugando al dominó con la misma pasión que hace cuarenta años... ¿Y quién no recuerda aquel tintineo constante de los dados del parchís y las piezas de ajedrez entre las paredes del antiguo Bar Rubalcava? Hay aficiones ligadas a los bares y cafés que van desapareciendo, pero, por suerte, otras nuevas van surgiendo. Y si no, que se lo pregunten a los clientes del renovado bar Beirut, que cada miércoles, a eso de los cuatro de la tarde y nada más cruzar el umbral de la puerta, se topan con una decena de mujeres que tejen como poseas y sin descanso con enormes agujas de calceta y ovillos de vivos de colores. «Jose, el dueño del bar, nos llama ‘las señoras de la costura’, pero nosotras preferimos decir que somos las del club de la calceta, y no es que no nos guste lo de la ‘costura’, pero lo de ‘señoras’ nos espanta», cuenta entre risas Ana, una de las socias de esta selecta liga de tejedoras que transitan entre los cuarenta y los cincuenta años de edad.

Es miércoles por la tarde y, junto a ella, en torno a las mesas del Beirut, hoy también se sientan el resto de las integrantes del clan: Regina, Uxía, María José -a la que apodan M.J.-, Simone, Belén, Susana, Freijo, Marta y Sonia. Solo faltan Susana, que hoy no ha podido venir, y Carmencita, que vive en Lugo y solo se une a ellas cuando está de visita en Ferrol. Regina explica que la historia del club se empezó a escribir hace apenas dos años, cuando ella, Ana y M.J. decidieron reunirse para tricotar. «Las tres habíamos formado parte del Anpa de la Compañía de María y, al desligarnos de ella, pensamos en esto como una excusa para seguir viéndonos», rememora.

Poco a poco, otras ex compañeras del Anpa y madres del colegio se fueron uniendo al grupo y fue así como nació un club que no cuenta con estatutos ni presidente, pero que sí conoce muy bien las reglas de juego. La máxima está clara: «Venimos porque nos encanta calcetar, pero también porque esto nos relaja muchísimo; aquí desfogamos y nos olvidamos de todo el estrés del trabajo, de la casa y los niños», cuenta Ana, que de pequeña no quería ni oír hablar de las labores que su madre le animaba a aprender y ahora disfruta como una niña tricotando.

Regina certifica las palabras de su compañera y asegura que los encuentros semanales en el Beirut son como «el recreo» de la semana, mientras que Belén anota que, aunque el club no cuenta con pichichis ni estrellas estelares, sí dispone de una «míster» que se encarga de dirigir al equipo. «La maestra es M.J., porque es la que más controla, la que corrige los fallos y nos resuelve las dudas», afirma tajante mientras las demás le dan la razón.

Multitud de prendas

De sus manos, en estos últimos meses, han salido multitud de prendas; jerséis, bufandas, cuellos, peleles, chaquetitas... Una abultada producción que bien podría dar para sacarse unos cuartos en ferias y mercadillos, si no fuera porque ellas descartan por completo esa posibilidad. «Esto lo hacemos porque nos gusta y lo pasamos pipa, pero no tenemos más pretensiones que esa», dice sonriente Uxía.

Entre unas y otras, en el grupo se puede encontrar un variado abanico de profesionales, desde una ginecóloga hasta una economista, y ninguna de ellas percibe la calceta como una afición anticuada. «Al revés, ahora está considerado como algo ultramoderno», advierte Regina. «No es solo la calceta; afortunadamente se está volviendo a dar valor a todas las cosas hechas a mano y por eso la artesanía está tan de moda», apostilla M.J.

Lo que sí parece claro es que lo de tricotar sigue siendo coto reservado para las mujeres. En medio de la conversación, Regina comenta que de momento ningún hombre ha solicitado ingresar en el club. Y entonces Ana escupe una frase a la que sigue una oleada de sonoras carcajadas: «Pero que no se apuren, ¡eh!, que no los echamos de menos».

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