El adiós de una churrería con pedigrí

Tras más de medio siglo endulzando el paladar de los ferrolanos, los propietarios de La Bola de Oro echarán el cierre al emblemático establecimiento el próximo abril

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Ferrol

Si se cumple el guion previsto, el próximo 30 de abril será el último día en el que La Bola de Oro abrirá sus puertas. Al churrero Rafael López Lacámara le ha llegado la hora de la jubilación y en su retiro también le acompañará su mujer, Begoña Martínez Paz, que ha sido su mano derecha en el negocio durante casi treinta años. «Mi mano derecha, mi mano izquierda... Y absolutamente todo, porque sin ella esto no habría sido posible. Begoña es la alegría de este local, todo el mundo la quiere», dice él sin que su esposa lo pueda escuchar.

El adiós del matrimonio a la vida laboral traerá consigo el cierre de uno de los establecimientos más emblemáticos de la ciudad, con más de medio siglo de trayectoria a sus espaldas, pero también el fin de una larga saga familiar consagrada al oficio. Y es que López Lacámara pertenece a la quinta generación de un clan procedente de Navarra que recaló en Ferrol «de forma accidental» en los años sesenta. Sus padres, Rafael López y Elena Lacámara, eran churreros ambulantes, y en el verano del 64 visitaron A Coruña para trabajar en los Cantones durante las fiestas. «Estando allí se organizó una parada militar y las autoridades les obligaron a marcharse. Fue entonces cuando un amigo les sugirió que se fuesen a Ferrol para trabajar en las fiestas del Pilar», rememora Rafa, como lo llaman sus clientes de La Bola de Oro.

«La verdad es que al principio mi padre no estaba muy contento en la ciudad, porque los colocaron en la plaza de Sevilla y pensaba que allí no los iba a ver nadie, pero durante las fiestas trabajó tan bien que cuando terminaron y le ofrecieron poner un puesto en el Cantón no se lo pensó dos veces», explica López Lacámara.

Fue así como el negocio familiar echó raíces en Ferrol. Su primera etapa (de 1964 a 1986) la vio pasar en la plaza de la Constitución, donde Rafa -por aquel entonces todavía un chaval adolescente-, aprendió los secretos del oficio de la mano de sus padres y de su tía Pilar. Y ya a mediados de los ochenta, López Lacámara tomó las riendas del establecimiento coincidiendo con su traslado a la calle María. El cambio parece que le trajo suerte, porque fue allí donde conoció a su mujer. «Begoña trabajaba en Tinsor, una tienda de ropa que había en la misma calle y venía siempre a tomar el café. Del café pasamos a la cervezas y de ahí a un noviazgo que duró nueve meses, lo que un embarazo, hasta que por fin nos casamos», recuerda sonriente. Desde entonces, el matrimonio ha formado el tándem perfecto para dar vida a un local venerado por varias generaciones de ferrolanos: «Hay clientes que ya venían al Cantón y que ahora vienen aquí con sus hijos o nietos».

Imagen de la caseta ambulante que ocupaba el negocio antes de su instalación definitiva en el Cantón. En la foto sale de niño Rafael López Lácamara y a la izquierda de la imagen, sus padres
Imagen de la caseta ambulante que ocupaba el negocio antes de su instalación definitiva en el Cantón. En la foto sale de niño Rafael López Lácamara y a la izquierda de la imagen, sus padres

Cuenta Rafa que a esa gran familia de La Bola de Oro pertenecen devotos como Enrique Navas, que desde hace cincuenta años no falta ni un solo día a su cita con la churrería. O Begoña y Fernando, un matrimonio que también ficha a diario junto a Sofía, una de sus cinco hijos, a la que consideran la «princesa» del local. Y por supuesto, Isabel Vidal, que desde hace 18 años acompaña a Begoña Martínez tras la barra del bar.

Todos ellos se despedirán pronto de los deliciosos churros, buñuelos y patatas fritas que prepara Rafa, siempre sonriente tras el cristal, en la sala trasera de La Bola de Oro. El maestro churrero vaticina que tras el cierre tendrá momentos para la nostalgia, pero en ningún caso para la tristeza. «Por supuesto que me da pena que el negocio familiar llegue a su fin (porque Rafa y Begoña tienen un solo hijo, ingeniero de telecomunicaciones, que aunque sabe hacer churros no se quiere dedicar al oficio), pero también me siento ilusionado. Llevo muchos años dedicado a un trabajo que es muy sacrificado y ahora por fin voy a poder hacer cosas que me gustan como viajar, hacer deporte, salir de pesca o el bricolaje», comentaba ayer este genio de las frituras poco antes de participar en el estreno de temporada del programa Voces de Ferrol de Radio Voz.

La Bola de Oro ha iniciado ya su cuenta atrás, pero los ferrolanos todavía tienen ocho meses para disfrutar de unos churros deliciosos, cuya receta a Rafa no le importa desvelar: «Para que salgan ricos no hay más secreto que usar materia prima de primera calidad y aceite de oliva».

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