Unas fotos


Si bien se piensa, no deja de ser una lástima que la mente humana sea incapaz de conservar, en la edad adulta, los recuerdos de la primera infancia. De esos años en los que estoy convencido de que, diga la ciencia lo que diga, los ojos de los niños (nadie como ellos para percibir que casi todo es mágico) son capaces de ver la auténtica naturaleza de la realidad, tan próxima al milagro. Y, si no están de acuerdo con esta afirmación, háganme un favor: piensen, por un instante, en el primer recuerdo que conservan. En el más antiguo. En ese del que muchos les dirán, ya lo sé, que no responde a realidad alguna, puesto que, en contra de lo que parece, es fruto de su imaginación, y no de su memoria. Estoy convencido de que cuando revivan ese recuerdo percibirán enseguida que tienen un tesoro entre sus manos. La mejor de las máquinas del tiempo es el alma humana. La semana pasada, permítanme el comentario, me regalaron dos fotos que desconocía. En la primera de ellas, tomada en casa de mis abuelos paternos, en Magalofes, aparecía yo, cuando daba mis primeros pasos. Nunca había visto esa foto, insisto, pero enseguida recordé a la perfección tanto las ropas que vestía como cuanto había a mi lado. La segunda foto, más antigua, se tomó en A Paderna, en la Terra Chá, en casa de una bisabuela mía cuyo rostro no había visto jamás. A ella, aun viéndola por vez primera, rodeada por cinco de sus hijos, la reconocí al instante. Como reconocí la piedra de los muros, la losa del tejado y el caballo que aguardaba, ensillado, junto a la entrada. Nací veinte años más tarde, pero en aquella foto, de alguna manera, yo ya estaba. Y hasta diría que en ella, ahora, me están esperando.

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