«Ferrol me enamoró a primera vista porque me recordó a mi país»

La eslovaca Márti Kozáková vive en el muelle, es voluntaria de la Cocina Económica, tiene un hijo al que adora y, tras quedarse en el paro, está estudiando para trabajar como agente funerario


ferrol / la voz

Con el pelo rubio, verdes los ojos y un imponente 1,86 de estatura, Márti Kozáková despista a quien se topa con ella por primera vez. «Casi todo el mundo piensa que soy alemana, aunque también me preguntan si soy polaca y hasta hay quien me llama ‘la rusa’», comenta con una mueca a medio camino entre la risa y la resignación. Pues ni alemana, ni polaca, ni rusa. Márti nació hace 43 años en la ciudad eslovaca de Stúrovo, a orillas del río Danubio, y se convirtió en ferrolana de adopción en el 2006.

Lo cuenta frente a un café en el Marte del «muelle» -como llaman los vecinos de siempre a su barrio, Ferrol Vello-, y entre sorbo y sorbo retrocede en la memoria para relatar qué fue lo que la trajo a esta recóndita esquina de Europa hace ya más de una década. Tras trabajar en un hotel de la República Checa durante dos años, cuenta que en 1998 decidió poner rumbo a Fuerteventura animada por su jefe, en busca de un futuro mejor. En la isla canaria trabajó en otro hotel y en varios establecimientos como camarera. Y también allí conoció a un ferrolano del que se enamoró y con el que decidió poner rumbo a Galicia en el 2006 para iniciar una nueva etapa y dar a luz a su hijo Álvaro, que hoy ya tiene diez años. «Vinimos en coche y recuerdo que al ver la ría desde la autopista me quedé alucinada. Ferrol me enamoró a primera vista porque me recordó mucho a mi país, porque allí todo es verde, como aquí, aunque no tenemos el mar. Después de siete años de piedra y arena en Fuerteventura, encontrarme con un lugar como Ferrol me hizo sentir como en casa», rememora Márti.

Aunque su relación se rompió hace tres años, esta eslovaca por cuyas venas corre también sangre húngara decidió permanecer en su ciudad adoptiva. «La pareja se puede romper, pero la familia sigue siendo la familia», reflexiona. Además -y a pesar de lo mucho que echa de menos a sus padres y hermanos- , Márti no se ve haciendo las maletas para volver a Eslovaquia, donde el nivel de vida es más bajo y hay menos oportunidades laborales.

«En general me siento a gusto en Ferrol», reconoce, aunque hay algunas cosas que le siguen chocando: «Al principio creía que la gente discutía en los bares y restaurante, porque aquí se grita mucho al hablar, y también me llamó mucho la atención la Semana Santa. Ver a esos hombres encapuchados, con las cruces a cuestas y los pies encadenados no es que me diese miedo, pero me impresionó un montón».

De su ciudad adoptiva le gusta lo acogedora que es la gente, Doniños -su preferida entre todas las playas-, la arquitectura de A Magdalena y el sabor de la gastronomía. Y en lo que respecta a cuestiones laborales, Márti siempre se las arregló para ganarse el pan. Tras trabajar con mayores durante cinco años en el sector de ayuda a domicilio, la protagonista de esta historia encontró empleo como camarera en el bar Áncora del puerto y, aunque tras su cierre se quedó en el paro, ahora mira al futuro con optimismo. «Estoy estudiando tanatoestética y agente funerario y espero encontrar trabajo en el futuro», anuncia ilusionada una mujer que también encuentra tiempo para ayudar a los demás como voluntaria de la Cocina Económica.

Llega la hora de despedida, pero además de decir adiós, Márti también quiere dar las gracias. A sus amigas Oli y Malú, a los abuelos paternos y al padre de su hijo, a su pareja actual, a la familia Anca, que le hizo sentir como en casa a su llegada al muelle... Pero sobre todo a su hijo, «un niño con un corazón enorme» al que dedica una declaración de amor: «Alvarócska, szeretlek nagyon».

EN CORTO

Lo que le gusta de Ferrol. Doniños, «donde el mar se funde con el bosque». También el pulpo y el raxo. Y su barrio, Ferrol Vello, aunque lamenta su actual estado de abandono.

Lo que no le gusta tanto. «Tal vez el cotilleo, que la gente opine de tu vida sin saber, aunque supongo que eso es algo que sucede en todas las ciudades pequeñas».

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