El invernadero


ya han pasado unos años desde que se terminara la obra, algo que se ha convertido en habitual; véase el edificio de la cuesta de Mella, lo que sucedió con el Hospicio, varios centros cívicos… Ya se hicieron distintos anuncios -con sus correspondientes desmentidos- acerca de a qué se iba a dedicar la instalación y cuando comenzaría su actividad. Quiosco, negocio hostelero, galería de arte, y alguna idea más que, afortunadamente se quedaron en meras ocurrencias. Por fin, superados los plazos y las tentativas imaginativas, las gentes políticas del castillo de los pirulitos anuncian que, definitivamente, el proyecto de pajarera se convertirá en un invernadero. ¡Menos mal! Una noticia buena, lógica, coherente y razonada que recorre la Alameda ferrolana.

El invernadero del Cantón no es el Palacio de Cristal del Retiro, ese que se había construido para cobijar una exposición de la flora tropical de Filipinas. No se asemeja, tampoco, a la estufa de Graells, bellísima instalación del Real Jardín Botánico dedicada a proteger las plantas que no resistían el clima exterior madrileño. Ni al enorme umbráculo del Parc de la Ciutadella de Barcelona, que tiene la categoría suficiente como para ser incluido en su ruta modernista. El invernadero del Cantón es más modesto, más cuquiño, más de ver las exposiciones desde fuera porque dentro no se cabe. Pero es un invernadero. O pretende serlo. Un gran escaparate desde el que ver el mundo de las plantas aromáticas, o de las camelias, o el de los frutales de la comarca. Un lugar que nos enseñe los distintos tipos de vides con los que se producen los vinos, y los cereales alimenticios, y los árboles de los que se extraían las maderas para construir los mejores navíos, o los que daban sombra en los parques y alamedas. También los que se trajeron de ultramar, o las plantas que ayudaron a generar alguno de los grandes cambios en los hábitos y costumbres sociales hace unos siglos: cacao, café, té y tabaco. El invernadero -ya estoy impaciente por ver su primera exposición- viene a complementar la alameda dieciochesca, la primera en construirse en Galicia para procurar salud, diversión y esparcimiento a los vecinos. Junto al parque y al jardín botánico del campus de Esteiro (el tesoro desconocido), dan forma al pulmón de la ciudad, a esos espacios verdes diseñados para pasear, respirar aire limpio y charlar con los demás. El invernadero del Cantón no ha querido ser una pajarera, y en eso tuvo mucho que ver el espíritu de Julián Sánchez Bort, uno de los diseñadores de la ciudad, cuyo pequeño monumento está en el estanque a solo unos pasos de distancia. Él también estaría contento y alguna vez, estoy seguro, se asomará a ver la flora que allí se exponga.

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