«Palestina siempre está en mi corazón»

Nacido en el polvorín de Oriente Medio, trabaja como traumatólogo en el Juan Cardona


ferrol / la voz

En la foto de perfil del wasap del doctor Amir Ismail Hejazy (Gaza, 1965) no aparece su retrato. Ni tampoco ninguna fotografía familiar. En el pequeño círculo de la aplicación telefónica ondea en su lugar la bandera de Palestina. Tres franjas de color negro, blanco y verde. Y un triángulo rojo. Los colores de su país, aunque muchos no lo reconozcan. «Llevo viviendo en España 32 años, esta ya es mi casa, pero Palestina siempre está en mi corazón», dice con orgullo patrio este médico que ejerce como traumatólogo y cirujano ortopédico en el Hospital Juan Cardona de Caranza.

Pero para contar bien la historia de este ferrolano-valdoviñés de adopción -porque Ismail trabaja en Caranza, pero su casa está en Meirás- hay que remontarse hasta el 13 de septiembre de 1983, el día que abandonó Palestina para estudiar Medicina en España. «Lo recuerdo como si fuera hoy. Era la Fiesta del Sacrificio, yo tenía 18 años... Y me marchaba a la aventura», rememora emocionado. Ismail Hejazy cuenta que desde que tenía seis años quiso ser médico y, después de que su hermano mayor se marchase a Egipto a estudiar la carrera, él decidió seguir sus pasos. «¿Por qué España? Simplemente porque yo tenía algunos amigos aquí y, además, era una opción mucho más barata que Londres o París, lo más asequible para el hijo de un modesto carpintero de Gaza», explica el médico al tiempo que recalca el enorme esfuerzo que tuvieron que hacer sus padres para poder enviarlo a estudiar a Europa.

Tras pasar por Madrid y Granada, Ismail aterrizó en Santiago para hacer la carrera. Y fue allí donde el destino hizo de las suyas para traerlo a Ferrol. Como ocurre muchas veces, la culpa la tuvo el amor. «En tercer curso conocí a Esther, mi mujer, que es de Valdoviño, y al terminar la carrera nos vinimos para aquí», apunta sonriente.

Tras una boda doble -por el rito musulmán en Santiago y otra por el rito católico en Meirás-, la pareja se estableció en 1992 en la comarca, donde nacieron y crecieron sus dos hijos: Maysa, que ya tiene 25 años, y Omar, de 21. «La mayor es óptica y el pequeño está en Estados Unidos con una beca de fútbol, estudiando Informática y Administración de Empresas», dice de ellos con orgullo.

Tras tantos años en España, el doctor cuenta que, como les ocurre a otros muchos extranjeros, ya no sabe de dónde es. «Para la gente de Gaza soy el español, mientras que aquí soy el médico palestino o ‘el moro’, como me llaman algunos, aunque a mí no me molesta, porque sé que me lo dicen con cariño».

De su ya evidente ferrolanización dan buena cuenta algunas de sus costumbres. «Me encanta tomar chocolate con churros en el Avenida, visitar el Reina Sofía y también las procesiones de Semana Santa». Pero, aún así, la morriña le sigue atacando de cuando en vez. Para aplacarla, el traumatólogo escucha los grandes hits de la música árabe de su juventud y, algunas veces, también se mete en la cocina: «Mi plato estrella es el maqluba, que es una receta típica de Palestina que lleva arroz, pollo y coliflor. Está muy bueno y mi hija siempre me pide que lo prepare para las ocasiones especiales».

Aunque él nunca ha conocido el rechazo, porque aquí siempre lo han recibido con los «brazos abiertos», Amir Ismail siente preocupación por la creciente «islamofobia» que percibe en Europa. «La imagen del mundo musulmán está distorsionada, porque el Islam es una religión de paz y no tiene nada que ver con el Isis, ni con poner bombas, ni con matar a niños. Otra cosa es que haya gente loca que en nombre de la religión haga barbaridades. Yo soy musulmán y rechazo la violencia, no entiendo la religión de forma radical».

Por eso Ismail hace un llamamiento al respeto y la tolerancia, algo que parece lejos de conseguirse en el conflicto palestino-israelí. «Los israelíes han convertido Gaza en un gueto, una enorme cárcel en la que los palestinos viven marginados y en condiciones muy difíciles», denuncia. Pero él sigue soñando con el final de la violencia. ¿Será posible algún día la paz? «Ojalá», dice esperanzado. «Inshalla».

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