Contaminación de las gentes políticas


Ferrol

Cuando nadie hablaba de ecología porque no estaba de moda y, tal vez, el concepto no estaba del todo formado, surgieron adelantados los textos de Miguel Delibes. El gran periodista y escritor vallisoletano alertaba en la España preconstitucional de 1975: «Esto de la contaminación -que los españoles asumimos con humor y cierta dosis de reticencia- es no solo un hecho, sino un hecho muy grave, tal vez el más grave con que hoy se enfrenta la humanidad». El maestro Delibes, preciso y pulcro en la utilización del castellano como pocos, dedicó su discurso de entrada en la Real Academia Española a explicar cuál era su sentido del progreso y cómo un comportamiento progresista pasaba por «establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia». Déjenme que insista, don Miguel escribía esto en 1975.

 La ría de Ferrol está contaminada. Muy contaminada. El Club de Prensa en su última Conversa no Parador, echó mano de la sabiduría de Victoriano Urgorri, catedrático de Biología Marina de la Universidad de Santiago y director de la Estación de Biología Marina de la Graña. El profesor Urgorri (quiere que se le llame Vituco) es, además, ferrolano de la Cabana y experimentado submarinista. Yo me atrevería a decir, después de escucharle, que Vituco Urgorri es el científico que mejor conoce la ría de Ferrol, en superficie y en profundidad, desde los análisis biológicos y desde las inmersiones en todos sus recovecos. Su conocimiento le permite emitir un dictamen sin titubear: la ría, este maravilloso valle inundado por el mar, está atiborrada de metales pesados y contaminantes orgánicos. La contaminación industrial llenó los fondos marinos de lodos cargados con cobre, mercurio y plomo. Los vertidos de la ciudad aportan diariamente ingentes cantidades de aguas fecales y materia orgánica. De las escorrentías bajan nitratos y fosfatos de los labradíos. Y a todo ello hay que sumarle los obstáculos físicos como espigones, rellenos y diques, barreras que cambiaron la configuración de las corrientes e impiden que las aguas entren francas. El panorama es desolador, dice el biólogo-submarinista: «lLo que se ve en el fondo es inconcebible».

Oiga, profesor, ¿y es factible pensar que estos tóxicos, si son consumidos a través de alguna vieira o choco, puedan afectar especialmente a las gentes de la política? La pregunta la hizo un sabio tertuliano con aire retórico. La respuesta, afirmativa, es la única que puede explicar cómo todos los gobiernos municipales, sin excepción, han permitido y permiten la transformación de un tesoro natural en un lodazal contaminado. ¡Qué bueno sería que, al menos alguno de ellos, se asomara a las páginas de Delibes!

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