Cervantes estuvo en Esteiro


Ferrol

Esto de los reconocimientos, de los estudios, de los análisis y los trasiegos de un lado a otro es una lata. Ni 400 años ni nada. A Miguel de Cervantes este año de celebraciones se le debe estar haciendo largo, muy largo, a pesar de que el Ministerio de Cultura no estuvo muy fino con el programa de actividades y se están haciendo las cosas de aquella manera. O precisamente por eso. Pero no es el caso de Ferrol. Aquí, en el campus universitario, la historiadora Esperanza Piñeiro y el filósofo Alberto Sucasas desarrollaron, por iniciativa del Club de Prensa, un nuevo curso Gurméndez y se lo dedicaron, cómo no, a Miguel de Cervantes. Pero fue un curso tranquilo, pensado, reflexivo, con unas ponencias de altísima calidad y claro, de esta forma a Cervantes le apeteció venir a darse un paseo y abandonar por unos días el batiburrillo de las Trinitarias, donde se supone que está enterrado junto a otros convecinos -si pero no, ya nos cercioraremos, volveremos con nuevas tecnologías más adelante, dijeron los expertos en su búsqueda-. En esto Cervantes probablemente sienta admiración por el rigor científico con que se analizaron los restos de Santiago el Mayor. Un obispo certifica que los huesos son suyos y un Papa, infalible, lo firma. Fin de la cita, levanten la catedral y a peregrinar. El resto es conocido. Pero volvamos a Esteiro. Javier Gomá, el filósofo y ensayista hizo, en una brillantísima ponencia, la mejor de las disecciones sobre la obra cervantina, sintetizando sus tres ingredientes fundamentales: idealismo, humor y cortesía. Cervantes está de acuerdo. Claro, cualquier escritor, literato o creador de cualquier parte del mundo y de cualquier época, estaría satisfecho si le atribuyen la posesión de estas tres virtudes. Como hombre discreto y comedido, Cervantes agradeció que se le reconozca como el creador de la novela, del humorismo y su talante cortés, civilizado, con modales, por encima de cierta imagen de militar pendenciero o ingrato recaudador de impuestos que por ahí todavía circula. Habladurías.

Estos días pudimos ver en Ferrol aquello que dejó escrito Saramago en su ensayo Perfiles Cervantinos en la obra de Torrente: «Hasta ahora había una silla vacía a la derecha de Cervantes que acaba de ser ocupada por Gonzalo Torrente Ballester».

Cervantes conoció, por fin, a su mejor discípulo, y a don Gonzalo se le dibujó una sonrisa en su busto de bronce. Mientras Siro López, el escritor y humorista, le regalaba una copia de su trabajo ¿Cervantes galego? en el que demuestra sin ningún género de duda que don Miguel había nacido en Alcalá de Henares. Hay quien dice que Cervantes se quedó más tranquilo, y volvió contento al Barrio de las Letras madrileño.

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