Postureo


Y yo que pensaba que lo del postureo se circunscribía a una franja de edad más próxima a la pubertad que a la jubilación, y que se manifestaba a modo de selfies y morritos en la cámara del teléfono móvil, qué equivocada estaba. El postureo va más allá de la adolescencia, aunque sea tardía, y parece que ahora también es aplicable a la política, como lo dejaron claro ayer el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, y el alcalde de Ferrol, Jorge Suárez. El primero acusó al segundo de posturear en vez de gobernar y de hacer poca política, y el segundo contestó al primero que para ridículo, el suyo, que pactó con la derecha, y total no valió para nada. Sánchez metió en el mismo saco a Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, y a los regidores de Santiago de Compostela y de Cádiz.

Y me pregunto yo si esto quiere decir que un selfie en el espejo es a la adolescencia lo mismo que a la política un intento de sacar el busto del rey Juan Carlos del palacio municipal. O proponer un referendo sobre la monarquía como aderezo para la visita del rey Felipe VI a Ferrol. O cuestionar el apoyo municipal a la Semana Santa o vivir un eterno divorcio con el socio de gobierno. O sea, postureo. 

El postureo en pequeñas dosis no es malo, pero en exceso, cansa, sobre todo si es postureo político. Porque las actuaciones de cara a la galería son simbólicas y calan entre la gente si detrás hay un trabajo de fondo, un hincar los codos a diario, una labor seria y profunda de elaboración de los presupuestos, de gestión para desbloquear obras, de negociación para solucionar problemas heredados, un saber gobernar. Si lo hay, el postureo hasta se agradece.

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