Argucias


Ferrol

El escritor húngaro Sándor Márai, que trenza una prosa sedosa y alisada como un fraseo polifónico de Mahler, está desde hace unas semanas en las librerías por iniciativa de Salamandra. No llega a ser tan desconocido como Franz Kein y tantos otros, por ejemplo, pero, también como tantos, está lejos del lugar que merece en las letras europeas. Márai sangra una confesión de tanta intensidad y hondura que la prefirió desgajada de sus memorias para que solo estuviese al alcance de sus compatriotas: porque habla de ellos, de él mismo por tanto, y de su cobardía frente al nazismo. Le duele hablar de los suyos cuando el lodo de las miserias humanas se sobrepone a la épica. Salvando las distancias, temporales, emocionales, históricas... Mutatis mutandis el discurso afligido del novelista burgués y sobre todo los esfuerzos de la sociedad húngara por acallarlo puede hallar en Ferrol un liviano paralelismo. Entre nosotros es frecuente que la gente de orden -que ya no puede de ordeno y mando- se afanen en descalificar por antipatriotas los reproches que suscita la vida local. Estos, en un ejercicio de delirante enajenación mental, son considerados la causa de la agonía de la ciudad. En otro libro más reciente y de otro bien distinto tenor, Juan José Millás hace escuchar al protagonista de la (solo aparentemente) disparatada historia cuando camina ante las estanterías de la biblioteca familiar Léeme, por favor, una plegaria que el joven intuye procedente del anaquel de la literatura rusa del XIX, cuando no es sino una argucia del padre. Pero, con o sin argucia, ya que celebramos la feria del libro, déjense tentar: los fantasmas son inofensivos.

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