El chiringuito

Beatriz García Couce
Beatriz Couce EN LA GRADA

FERROL CIUDAD

21 ago 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Me gusta la playa. Mucho. Las nuestras especialmente, por mucho que mi grato descubrimiento del verano haya sido la gaditana de Zahara de los Atunes. Tenemos arenales para todos los gustos, algunos a poco más de un cuarto de hora de la ciudad. Desde el más familiar Doniños a la flanqueada en sus extremos por San Jorge y Esmelle. La surfera Pantín o las calas de San Felipe. Naturaleza en estado puro, con sus dunas, sin las urbanizaciones que han acabado con tanta costa en nuestro país, con aguas cristalinas y paisajes que son la envidia de otras muchas zonas.

Cada año, varias de ellas cosechan las banderas azules que acreditan la calidad de sus aguas y de sus servicios. Y yo, cada verano, sigo preguntándome qué clase de protección absurda es la que castiga a los que disfrutamos de las playas sin poder comprar un botellín de agua o un helado.

No hablo, no, de los bares de madera que ocupan casi media playa y nos recuerdan que también es verano por el olor de las sardinas asadas. Ni de los que se rodean de tumbonas balinesas, chill-out o de cañitas de toda la vida. Tampoco de las casetas que ofrecen masajes en la playa. Déjennos con nuestros arenales y cuanta menos intervención artificial, mejor. Pero unos mini chiringuitos de madera, con unos requisitos uniformes establecidos por la administración, que se instalen únicamente durante los meses de verano y se retiren una vez que finalice la campaña, ¿cuál es el daño que harían? Con transparencia en su adjudicación, solo le veo ventajas para los usuarios.