La ciudad sin perfil


Ferrol

En una ciudad tan dada a despreciar lo propio no es extraño que los vestigios del pasado vayan cayendo, uno tras otro, sin que la población alce demasiado la voz. Hay quien dice que esta es una urbe construida por foráneos, que no tuvo un crecimiento natural y progresivo protagonizado por los pobladores con arraigo. A esa peculiar génesis obedecería el poco apego que se nos atribuye a los ferrolanos.

Pudiera ser, pero hay otras circunstancias que también contribuyen a que aquí, la caída del último vestigio que queda dentro de puertas de una arquitectura industrial muy peculiar, no inquiete un poco más de lo que parece hacerlo la demolición de la Fábrica de Lápices. El prolongado abandono de espacios y construcciones singulares, las que nos dan carácter como ciudad diferente a otras, acaba por convertir, a ojos de la mayoría de la población, lo que eran elementos de valor en ruinas que afean los barrios. No hay duda de que a los propietarios de la vieja Fábrica de Lápices les asiste el derecho de demoler el edificio, por más que especialistas y algunos vecinos demanden la conservación de algunos elementos, como la fachada o la chimenea. Y hasta que tengan razón cuando dicen que el grado de deterioro es tal que es inviable su conservación para integrarlos en el nuevo proyecto residencial previsto para la parcela. Ahí radica el problema. Han pasado lustros desde que la fábrica dejó de producir y nada obligaba ni a los antiguos ni a los nuevos propietarios a tomar medidas para poner a salvo los elementos más valiosos, mientras se resolvía un pleito que -hay experiencia sobrada- no era imposible prever que sería largo. Entonces se podría haber ilustrado a la población sobre el valor arquitectónico y artístico (no solo sentimental) del edificio levantado en los años 40. Hoy es ya imposible: el común de los ferrolanos no ven allí más que una ruina que amenaza con venirse abajo. La Fábrica de Lápices es solo el último episodio de una triste tendencia que empezó hace ya bastante tiempo. La misma traza llevan otros espacios urbanos y elementos arquitectónicos. Es posible que la fachada del Rena no tarde mucho en venirse abajo, como cayó un día el edifi cio Caballo, en las mismas narices del Palacio Municipal. Se ha tardado tanto tiempo en actuar en el edificio del Bambú Club que para muchos hoy lo más razonable es la demolición, y si iba a ser prototipo para la conservación de Recimil, puede ser un ensayo para la piqueta que, quizás, ya es la única alternativa. El barrio original de Esteiro no se valoró hasta años después de su desaparición. Y así vamos camino de convertir Ferrol en una ciudad plana, sin perfil.

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