Siempre hay alguien a quien le debemos todo lo importante. Alguien que en muchos casos ya habita lo que nosotros llamamos muerte. Y a quien hoy lamentamos no haber sabido dar las gracias cuando aún estábamos a tiempo de dárselas. Es cierto que el pasado es lo único que de verdad nos pertenece, porque nadie podrá arrebatárnoslo. Pero carece de camino de vuelta, asi que a él no puede regresar nadie. Permítanme que les cuente algo: junto a la iglesia de Perlío, frente al castro que un día habitaron los que leían el futuro en las estrellas -muy cerca de lo que a tantos nos gusta seguir llamando Astano, el astillero que construyó algunos de los barcos más grandes del mundo y cuya grúa pórtico es un prodigio de la ingeniería más alto que la catedral de Santiago-, está la piedra labrada en la que la gente suele sentarse a contemplar las últimas luces del día mientras el sol marcha a descansar tras el Atlántico. Parece un banco cualquiera, pero en realidad se trata de los restos de la lápida del sepulcro de uno de los señores de Andrade. Según los investigadores, la de un sobrino de Fernán Pérez o Bóo, que a diferencia de su tío no pasó a la historia por la grandeza de sus obras. Pedro, se llamaba. Esta mañana, sobre esa piedra había un caballo de juguete. Y aunque el Señor de Andrade sin duda fue en vida un gran cabalgador, dueño de magníficas monturas de caza y de guerra, estoy convencido de que hoy estará encantado con el caballito de plástico. Seguramente le recordará que hasta él, feudal de corazón tan duro, tuvo, también, una madre.