Cedeira llora a Juan da barbería, un hombre que «viviu feliz e alegrou a vida de moita xente»

ANA F. CUBA CEDEIRA / LA VOZ

CEDEIRA

Juan da barbería (en color), junto a sus compañeros de mesa y cantos de taberna, la mayoría ya fallecidos, en un montaje realizado por Cuxa
Juan da barbería (en color), junto a sus compañeros de mesa y cantos de taberna, la mayoría ya fallecidos, en un montaje realizado por Cuxa CEDIDA

Vecinos y amigos evocan a Juan Quintiana Díaz, que falleció el domingo, a los 81 años

29 feb 2024 . Actualizado a las 13:19 h.

Estos días, muchos de los clientes de la barbería de Juan Quintiana Díaz recuerdan la última anécdota o el último chiste que les contó. Quienes le trataron en algún momento hablan «dun home moi simpático, campechano, moi boa persoa». Juan da barbería, como era conocido por todos en Cedeira, donde nació y donde discurrió toda su vida, empezó de aprendiz en la barbería de Javier, y después pasó a la de Jesús, las dos en la parte vieja de la villa, como explica José Antonio Leonardo, Cuxa, uno de sus compañeros de la pandilla.

Después montó una tintorería-lavandería en el Paseo da Area con un amigo, otro Juan, que continuó con el negocio cuando Quintiana Díaz decidió abrir su propia peluquería de caballeros, al tiempo que su mujer, Radis, ponía en marcha una de señoras en la misma calle del casco antiguo. «Alí, na barbería... ese foi o caldo de cultivo para as súas xenialidades. Alí coñeceu moita xente, cortoulle o pelo e afeitou a moita xente do pobo, das aldeas, da comarca, veraneantes... era moi coñecido e querido —remarca Cuxa—, porque non só che cortaba o pelo e quedabas mellor, senón que o teu espírito tamén saía máis relaxado».

Y es que Juan da barbería «era extraordinario». «Non atopei unha persoa desa categoría humana, estaba para todo, nunca se queixaba», abunda Cuxa y refrendan los vecinos de Cedeira. Falleció de repente, la madrugada del sábado al domingo, después de compartir una cena con sus amigos. Tenía 81 años y ya había tenido que decir adiós a varios de los compañeros de pandilla, mermada tras la pandemia. Juntos compartían mesa y canciones.

Cuxa rememora los tiempos en que él formaba parte «da outra» peña, y la suya y la de Juan se reunían los viernes por la noche, primero en O Puntal y después en el Alitas, hasta que se murió Juan (del Alitas) y se mudaron al Praza do Peixe, con Lola y Santi. Así siguieron hasta la pandemia, que lo truncó todo. El acordeón marcaba el ritmo.

Pero ya se han ido Curro, Slow... «Quedamos catro», lamenta Cuxa. «Chegamos a ser quince, nas ceas sentabámonos sete dun lado da mesa e sete do outro, e o que cociñaba presidía», rememora. Ahora lloran a Juan da barbería, el hombre «das innumerables anécdotas, da perruquería e de fóra, das saídas, porque era moi farrero» «Morreu de repente pero viviu fantasticamente, e alegrou a vida de moita xente, viviu moi feliz —reitera Cuxa—. Dicía: ‘eu teño anos pero non son vello'». Y acompañaba a diario a su amigo Manolo, o xastre, algo mayor.

La noche del viernes, en Cedeira, sonaba a ranchera, tango y bolero

Este reportaje se publicó en diciembre de 2013 y varios de sus protagonistas ya han fallecido. Curro, el más veterano, de 85 años, —«más el IVA, 102»—; Slow —de pachorrón, explican sus compañeros; de dulce y delicado, sostiene él—; Avelino —«hijo de Secundino y Cipriana, natural de San Sadurniño», se apresura a aclarar—; los hermanos Alfredo, Juan (O Barbeiro, jubilado, como el resto, pero encargado de mantenerles a raya), Tono y Xosé Bieito; Chancas; O Juana; Eulogio, O Chapista; Josedevigo, que a veces se arranca a la guitarra; Cuxa —le llaman el Maestro, pues marca el ritmo de las veladas con el acordeón—, Roque, Iríbar y otros tantos apasionados del canto de taberna. Hace cinco o seis años que estos vecinos de Cedeira se juntaron para tocar y cantar en el local de Juan de Sabina, recuperando una tradición que se remonta a los primeros años del bar O Ramón, en el casco antiguo.

Antes de unirse había dos grupos, A Anemia y Los Otros, que actuaban en O Puntal. Cada noche de viernes se juntan para cenar en «la base», donde cocina Pepe Garrote, y después se trasladan al mesón de Juan de Sabina (que los turistas han bautizado como Alitas). El ceremonial se repite, con poco margen para la improvisación. El acordeón de Cuxa abre la sesión con un bolero, «Viajera que vas por cielo y por mar, dejando en los corazones, latir de pasión, vibrar de canción, y luego mil decepciones». «A xente empézase a animar e despois cantamos temas galegos, mexicanos, sudamericanos, tangos... E cando se van quentando van aparecendo os solistas», relatan. Cuxa les provoca «e eles entran ao trapo». O Chapista interpreta La sirena, vuelve el grupo y Roque canta Malena... «Malena canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón (...) Malena canta el tango con voz quebrada, tiene pena de bandoneón».

Así hasta que Iríbar cierra la función, con la famosa canción napolitana O sole mío. «Estamos esperando o venres como a novena», reconoce O Barbeiro, que protagoniza, junto a Slow y Avelino, La ovejita lucera, un espectáculo cómico, a media sesión. Hay días especiales, «cando o canto é fantástico, marabilloso», gracias a la presencia de Memi y Charo, voces femeninas, «case profesionais, que realzan a noite». Hasta las tres de la madrugada, como manda el ritual.

Los cantores piden «un fuerte aplauso» y el público, devoto y fiel (en verano se reúnen hasta 150 personas), da una palmada (es lo indicado) y si solicitan dos, doblan. «O acordeón une as voces e axuda a que canten na mesma tonalidade...», dice Cuxa. «Grazas ao acordeón existe o grupo», apuntalan sus compañeros, que dan las gracias a Juan de Sabina. Noche de viernes, la peña ocupa su lugar en el local, cada uno en su puesto (el orden se respeta), y arranca la velada musical, salpicada de chistes y risas.