Adiós al Patrona, que regentó durante 50 años el Salabardo junto a su mujer

Su ansia por que llegaran las fiestas para comer roscón y pan de trigo le valió el mote a este cedeirés


CEDEIRA / LA VOZ

«Si alguien te pregunta por Cedeira ‘e ti de quen ves sendo'. A neta ou o neto do Patrona», comentaba ayer desde Madrid Ana Simoneta Rubido, la mayor de los seis nietos de Manuel Loureiro, que se ganó el mote de niño por el ansia de que llegaran las fiestas para poder comer pan de trigo y roscón, como él mismo contaba. El próximo fin de semana cumpliría 89 años y el domingo acudió al bar Plaza, como siempre, para tomar los churros con chocolate. Falleció de repente, a última hora de la tarde.

Él y su mujer, Antonia Leonardo, regentaron durante medio siglo el Salabardo, el bar que habían abierto sus padres en el muelle en 1944. «Con los clientes muchas veces hay que perder la razón», reconocía Manuel, que ya ayudaba en el negocio con 15 años. «Era muy, muy trabajador, y creo que el valor del trabajo duro y bien hecho fue un valor que nos transmitió a toda la familia», destaca su nieta mayor.

Ana recuerda que con diez años, en las comidas familiares, su abuelo se sentaba en una cabeza de la mesa y ella en la otra. «En medio de la comida me hacía un gesto con la mano señalándome que él era el jefe de la mesa y yo la jefa sucesora». Su abuelo la llevaba en la moto al Salabardo, en la barra de la bici o en la Renault 4 F4, «que conducía aunque nunca llegó a tener carné». También le fabricó unos zancos de madera, «los mejores de Cedeira», y montó un columpio para ella, sus hermanos y sus primos, que iba adaptando a medida que iban creciendo.

«Era un poco chulillo —sonríe—, nadaba muy bien y de joven saltaba de los mástiles de los barcos, y en la puja del roscón de San Antón siempre se lo quería llevar [...]. En agosto, el último día que lo vi, iba por la Plaza Roxa con el tacatá [andador] que le habían comprado, caminando muy rápido y adelantándoles a todas las señoras mayores que también llevaban tacatá, pero iban muy lentas». Ana evoca, como uno de los mayores descubrimientos de su abuelo, el móvil que le regalaron hace cinco años. «Me llamaba todo el rato para mostrarme que sabía usarlo. Le encantaba».

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