Caaveiro, visto con otros ojos

El libro de José Manuel Yáñez sitúa al monasterio en su auténtico contexto

Fragmento del dibujo hecho desde el río Sesín por Villaamil en 1849, que también se incluye en el libro
Fragmento del dibujo hecho desde el río Sesín por Villaamil en 1849, que también se incluye en el libro

Ferrol

Pocos enclaves religiosos gallegos (excepción hecha de los grandes centros de peregrinación, como Santiago de Compostela o San Andrés de Teixido, y de algún santuario más, considerado escenario de milagros frecuentes) están tan presentes en el imaginario gallego como San Xoán de Caaveiro. Bien puede decirse, sin temor a exagerar, que Caaveiro ha generado su propia literatura. Una literatura que arranca de la tradición oral, vertebrada fundamentalmente alrededor de la magna figura de San Rosendo, y que culmina ya en nuestro tiempo con poetas de la talla de Ramiro Fonte y de César Antonio Molina. De San Rosendo, sin ir más lejos, se cuenta -bueno, se cuenta esto y mucho más, por supuesto: las versiones del relato popular son casi infinitas- que iba a Caaveiro a descansar de los quebraderos de cabeza que le causaban sus obligaciones como obispo; y que allí, tras arrepentirse de lo para él era un gesto de soberbia, recibió el perdón del Cielo, que hizo que reencontrase en el estómago de un pez el anillo episcopal que había arrojado al río.

El alba del santo

En la iglesia de As Neves se sigue conservando hoy un alba que, según la tradición, perteneció al santo, y que por supuesto procede de Caaveiro. Y, en cualquier caso -vamos a dar por cierto también nosotros que San Rosendo estuvo en Caaveiro alguna vez, ya que la historia nos demuestra que al lugar lo tuvo muy presente-, es evidente que los poetas de nuestro tiempo se siguen conmoviendo hoy ante las piedras del monasterio, y ante el paisaje que las rodea, igual que se conmovieron las almas de la Edad Media.

Perdónesenos incurrir en el tópico de esta manera, pero en Caaveiro hay algo mágico que resulta difícil de describir. Algo que ha hecho que incluso hoy siga generando leyendas nuevas, como las que quieren ver en cualquier subterráneo del monasterio una celda, cuando no una siniestra cámara de tormento, o como la que -de forma ya un poco más elaborada- lleva hasta el lugar el mito artúrico, sosteniendo que hasta allí llegó algún caballero de la Tabla Redonda. Caaveiro es mucho más, incluso, que ese hermoso monasterio -colegiata de canónigos de la regla de San Agustín, en realidad, durante buena parte de su historia- situado en el corazón de el bosque atlántico mejor conservado de Europa.

Es, y conviene no olvidarlo, una realidad muy compleja, también en lo espiritual, y por supuesto en lo simbólico. Un enclave que a lo largo de los siglos ha ido alimentando no solo leyendas y literatura escrita, sino también las artes plásticas, como demuestra -y esto es solo un ejemplo, también- algún bellísimo y romántico dibujo de Genaro Pérez Villaamil.

El paisaje

Mucho se ha escrito, ya, sobre Caaveiro. Y muy bien, a veces. Pero la verdad es que faltaba una obra que verdaderamente situase al monasterio en su contexto. No solo en su contexto histórico, que también, sino además en su contexto físico. En su paisaje, y por favor entiéndase paisaje en el más alto de los sentidos del término. Y ahora, por fin, esa obra sale a la luz. Se trata de San Juan de Caaveiro, un monasterio entre la naturaleza. El libro de José Manuel Yáñez Rodríguez que acaba de editar la Diputación Provincial de A Coruña y que, como su propio subtítulo indica, ofrece un Análisis gráfico, arquitectónico y paisajístico del monumento... y de cuanto el monumento significa.

Un viajero del siglo XVI

Son más de 600 páginas en las que se se recuerda cómo ya en el siglo XVI Ambrosio de Morales, viajero en un tiempo en el que viajar era penoso casi siempre, decía que Caaveiro estaba en «lugar fragosísimo», al que costaba «muy caro» llegar a pie y al que era «imposible» acceder a caballo, circunstancia por la que -señalaba el visitante- tenía «bien fundada la soledad».

Páginas en las que se analizan los cambios experimentados por el paisaje y los que experimentó, también, la arquitectura del monasterio, al que bien poco faltó para desaparecer en el siglo XIX. Y en las que, cosa importantísima, se da además una visión de conjunto de las Fragas del Eume, no solo como espacio natural de valiosa singularidad, sino como un territorio en el que proliferan -también en lo que atañe a la arquitectura popular- soluciones constructivas que no pueden pasar desapercibidas a quien de verdad quiera saber qué es Caaveiro... y por qué lo es donde lo es.

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