Las reservas para el puente se caen en las casas rurales, muchas ya cerradas

El sector estima en un 50 % la bajada de los ingresos en relación con 2019

El hotel de naturaleza Semáforo de Bares, en una fotografía de archivo
El hotel de naturaleza Semáforo de Bares, en una fotografía de archivo

CEDEIRA / LA VOZ

Un grupo de madrileños se aloja en el hotel Semáforo de Bares durante el puente de la Constitución, casi desde la apertura. «Reservan de año en año, pero este año no vienen, pueden salir, pero no volver a entrar», cuenta Francisco Javier Pardo Obra, responsable del negocio. Tras un verano «bueno» y un mes de octubre «aceptable», en noviembre «se canceló todo, porque fue cuando cerraron las ciudades gallegas». Tampoco le compensa abrir únicamente la cafetería, por lo que ha recurrido al cese de actividad. Eso sí, sigue recibiendo llamadas de gente que quiere hacerse con un bono, válido por un año, con la expectativa de poder disfrutarlo en los próximos meses.

Las reservas para el puente de principios de diciembre se han desplomado en la zona por la incertidumbre sobre si se mantendrán las actuales restricciones a la movilidad en Galicia y en comunidades como Madrid, de donde procede buena parte de la clientela. Ana M.ª Fojón, al frente de los apartamentos O Plantío, en Espasante, no pierde la esperanza. «Ahora mismo, la gente llama de hoy para mañana. El fin de semana pasado no tenía nada y el viernes llamó gente para venir. Imagino que con el puente pasará lo mismo. En situación normal tendríamos lleno», señala. En esta época del año, los alojamientos dependen del turismo de proximidad, los huéspedes de las ciudades gallegas.

Fojón reconoce que el verano «sí fue como siempre [en resultados], aunque con más trabajo y más gasto para desinfectarlo todo cada vez que salían unos clientes». En el balance del año echa en falta unos 15.000 euros de facturación y ya ha anotado varias reservas para agosto de 2021.

Celebraciones suspendidas

Marisa Cabanas, del hotel A Miranda, en Feás (Cariño), también mira al año que viene. La experiencia del verano resultó positiva, «no tanto» en septiembre, pero octubre «flojeó». De ahí que cambiara el plan inicial de alargar la temporada para intentar paliar el bache de la primavera y optara por cerrar en noviembre, ya hasta marzo, como cada año. Confía en que las celebraciones suspendidas, como la de las Bodas de Oro de los padres de una familia asturiana, se retomen en 2021 y el hotel vuelva a llenarse.

En la casa rural A Pasada, en Cedeira, esperan gente del 4 al 8 de diciembre. «Alguna tengo, pero igual pasa como en Difuntos y en el Pilar, que cambia todo el día anterior. No puedes prever nada. Tenía gente de A Coruña y, de repente, cerraron A Coruña; después de Sanxenxo, y lo mismo, con la nevera llena... Ya no te haces ilusiones, a veces ni apuntas en la agenda, si sale bien, sale, y si no, nada», admite María Lijó. El horizonte de esta empresaria se sitúa en abril (el primer trimestre del año nunca abre).

«El palo ha sido muy grande»

Varios empresarios del sector estiman una bajada de ingresos de cerca del 50 % respecto a 2019. En el hotel Herbeira, en Cedeira, el confinamiento les sorprendió dos semanas después de reabrir tras las obras de renovación del inmueble, como apunta María del Carmen Pernas. «Julio fue bastante bueno y agosto, muy bueno hasta el 24 [...]. El palo de este año ha sido muy grande y ya pienso en si a partir de la primavera empieza a mejorar», dice. En diciembre bajarán la persiana.

La campaña estival permitió, de algún modo, «salvar» el año. «Trabajamos muy bien, con estancias largas, ya no reservábamos por menos de cinco días. Tuvimos mucho trabajo de cocina, la gente no sabía si iba a encontrar dónde comer y preferían comer y cenar aquí», indica José Picallo, de A Casa do Morcego, en Valdoviño. Desde que se prohibieron los desplazamientos desde las ciudades gallegas tiene cerrado. Casi todas las llamadas son para reservar la casa entera, con ánimo de compartir espacios y de juntarse para cenar. «Piensan que no pasa nada, y hay que respetar la normativa. Siempre decimos que no», recalca.

Picallo sostiene que el golpe de la pandemia al turismo rural no ha sido solo económico: «Hemos perdido mucha esencia con todas estas normas, al no poder compartir mesa ni espacios entre clientes, ni darles un abrazo, y todos a las doce de la noche durmiendo, en pleno verano».

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