Morriña de las pizzas de O Tropezón

El bar y restaurante de A Barqueira se despidió en pleno estado de alarma, después de más de medio siglo. Emilia Brandeiro, Milucha, ha sido el alma del negocio

Milucha y sus nietos, Xoel y Lois, detrás de la barra del bar al que ha dedicado buena parte de su vida
Milucha y sus nietos, Xoel y Lois, detrás de la barra del bar al que ha dedicado buena parte de su vida

CERDIDO / LA VOZ

Ni Emilia Brandeiro, Milucha, ni su hijo, Xosé Luis Martínez, hubieran querido despedirse de sus clientes con las puertas del negocio cerradas. Pero la pandemia les sorprendió con los planes hechos y el día 14 echaron la llave definitivamente, con la cocina a pleno rendimiento. «Fixemos comida para levar e quedaron sen pizzas máis de cen persoas. Dáche moita rabia...», cuenta Milucha. Hubo quien encargó varias para congelar. «No me extraña, estaban buenísimas», comenta una cliente habitual. «Viña xente de todos os arredores, Narón, Ferrol, As Pontes, Naraío, Pontedeume, Cariño, Ortigueira, Cedeira, As Somozas... Á clientela estámoslle moi agradecidos», subraya la mujer que regentó el local en las tres últimas décadas.

El negocio tiene más de 50 años -«era un bar tenda e fora de Agapito ou de Lucía, non sei cal primeiro»- y desde hace medio siglo está en manos de la misma familia. «Miña sogra [Julia Picos] colleuno daquela, con meu sogro [Arturo Martínez], e levaban tamén outro en San Xiao, en Moeche», recuerda Milucha. «Daquela dábanse comidas o día das feiras, que eran moi boas, o bar estaba abaixo e o comedor no piso de arriba. Xa vivían alí», apunta Xosé Luis. En aquellos tiempos, «case todas as casas da Barqueira daban comidas polas feiras, aínda que non tiveran bar. E había case máis bares que xente». Ahora tan solo queda el del estanco La Viuda.

«O mérito de sacar adiante isto é de miña nai, é unha heroína, unha loitadora»

Con el fallecimiento de su suegro y la larga enfermedad de su marido, Luis, toda la responsabilidad recayó sobre Milucha, «a alma do negocio», remarca su hijo. «O mérito de sacar adiante isto é dela, é unha heroína, unha loitadora», elogia. Ella se quita protagonismo y aplaude a su personal, «xente de confianza e traballadora, que tampouco é fácil atopar». Muchos añoran ya las pizzas -las grandes, de 12 raciones y formato rectangular, eran de las más demandadas-, pero también la tortilla, la chanfainapouca xente a fai, é moi traballosa, tes que picar, embutir e cocela, e ás veces rebenta e non che val...»-, la paella o el rape a la cedeiresamoi solicitado para os días de celebración, sobre todo na zona de As Somozas»-. La comida para llevar era uno de sus fuertes, junto al menú del día.

«Viña xente de todos os arredores, á clientela estámoslle moi agradecidos»

En O Tropezón, los fines de semana resultaba complicado encontrar mesa sin reserva, «e iso que está nun sitio pequeno e apartado, no rural, onde é moi difícil ter fixas a cinco persoas», reconoce Xosé Luis. Durante varios años le ayudó a su madre en el establecimiento. «E téñome ido para a cama e miña nai quedar na cociña, e levantarme e alí seguía. É moi boa cociñeira e ten traballado moito, ben merecido ten o descanso», subraya.

A Milucha, de 66 años, no le hubiera importado continuar un poco más al frente de los fogones, aunque ahora disfruta como nunca de sus nietos, Xoel y Lois. El mayor, Xoel, no quiere ni oír hablar de alquilar el local, una opción que no descartan del todo. En un rincón, clavada sobre una madera, sigue la chapa que le dio nombre a O Tropezón: «Si quieres beber blanco, tinto y buen sifón, tropieza en el tropezón».

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