Con los grandes narradores


Ferrol

Una de las literaturas más hermosas de cuantas han llegado hasta nosotros desde el fondo de las edades es la que va por el aire. La que se cuenta en voz alta. Es una literatura que hace mejores los días y las noches, y que surge, aparentemente de la nada, en los lugares más inesperados, por lo general donde hay gente que ha vivido mucho y que a su edad ya ha visto el verdadero rostro de la condición humana. Me gusta escuchar con especial atención a quienes llevan mucho tiempo en este mundo. A su lado siempre aprendes cosas extraordinarias. Y el café, primo hermano de ese gran oidor de cuentos que es, en feliz expresión cunqueiriana, el animal llamado fuego (el fuego del hogar, ese lume que nunca hai que deixar que se apague), también ayuda bastante. Me gustan las pequeñas carreteras secundarias de tierra adentro que atraviesan, en esta Galicia del norte nuestra, una geografía mágica. Cae la tarde cuando detienes el coche junto a un viejo cementerio en el que buscas la memoria de los tuyos. Canta el mirlo, siempre tan buen músico, entre los castaños que acarician el viento frente a la torre de las campanas. De manera inesperada, comienza a lloviznar un poco. Y cuando te dispones a marchar llega hasta ti, a través de una ventana, una voz que te llama por el nombre de tu abuelo. Unos segundos más tarde ya están contigo, sonriendo y con los brazos abiertos, los tres habitantes de la casa. Una casa en la que las puertas jamás se le cerraron a nadie. Te llevan consigo hasta la cocina, una cocina inmensa. La suya es una hospitalidad infinita, propia de un corazón sin dobleces. Te preguntan por los que viven y te hablan de los que ya han marchado. Tú jamás habías estado allí antes, o si estuviste eras tan niño que ni siquiera lo recuerdas, pero aun así tienes la impresión de estar, por fin, de vuelta. Mientras tomáis café, les preguntas por las partidas carlistas que cabalgaban por aquellas tierras en el pasado. Jamás oyeron hablar de ellas, pero sí del extraño ser con pezuñas de cabra que asustaba a los vecinos desde los tejados, y del cura que sabía volar leyendo un libro secreto, y del pozo en el que se escuchaban las voces de los que marcharon a América y no regresaron. Oírlos contar una historia tras otra es absolutamente maravilloso, fascinante. «Sempre que volvas ven por As Pontes, que chegas antes -te dicen cuando marchas-. E acórdate de que aquí tes a túa casa».

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