La música no entiende de discapacidad

La profesora del violín, Elena Tenreiro, imparte sesiones a dos grupos de alumnos con TEA


As Pontes / la voz

«Estamos gratamente sorprendidos. No esperábamos un resultado tan positivo». Así responde el director del Conservatorio Profesional de Música de As Pontes -Manel Campello- a la hora de valorar el funcionamiento de las clases de música que ofrece el centro a dos grupos de alumnos con Trastornos del Espectro Autista (TEA) vinculados a Aspanaes. Campello fue, hace cuatro años, el que inició -junto al profesor de percusión- el proyecto. «Me reuní con la directora de Aspanaes y, en ese encuentro, nos pidió una colaboración de este tipo. En principio, queríamos probar, saber cómo funcionaba y ha sido increíble, impresionante». Sobre el futuro, asegura que «dentro de nuestras posibilidades continuaremos. Ahora lo estamos cubriendo con unas horas libres de la profesora que se encarga. En el momento que no sea así, lo hablaremos con el Concello, pero sabemos que ellos también están interesados en que esto continúe».

Fue la profesora de violín, la coruñesa Elena Tenreiro la encargada de recoger el testigo. La docente recuerda que «me ofrecí voluntaria para el proyecto, pero sin saber cómo iba a ser». Ahora, subraya, «no solo es gratificante a nivel profesional. Para mí, personalmente, ha sido impresionante. Al trabajar con niños con TEA aprendes a ver el mundo de manera diferente. Relativizas todo, ellos mantienen la inocencia, todo es nuevo e interesante. Algunos están más encerrados y me cuesta más acceder, pero se acaban involucrando según sus posibilidades».

Son dos grupos -uno de dos alumnos y otro de cuatro- y asisten semanalmente a una clase de 45 minutos de duración. «Ya llegan tarareando la canción del saludo», explica emocionada Tenreiro. A partir de ahí, apunta, «trabamos la coordinación, el movimiento y la estimulación. Ellos van respondiendo a su ritmo. Unos mejor y otro más lentamente, pero todos participan y eso es lo más importante».

Inteligencia emocional

Los grupos están divididos porque «cada uno tiene necesidades diferentes». En concreto, el de cuatro, «tiene un grado de dependencia mayor». Sobre el de dos, la profesora, asegura que «hemos encontrado en ellos una inteligencia emocional muy desarrollada». Por ejemplo, explica, «hay una niña que, si hoy escucha una canción, va a acordarse de ella dentro de dos semanas. Llegará, se sentará en el teclado y la tocará. Con ese grupo trabajo diferente. Este año estamos haciendo flauta». Un instrumento que, relata, «no les gusta especialmente porque para la coordinación es complicado, tienen que focalizar mucho la atención en las manos y eso les cuesta, pero lo estamos consiguiendo. Es una satisfacción enorme». Por el contrario, ¿qué es lo que más les atrae? «El piano, sin duda. Les encanta. De hecho, uno de los niños, que es de Viveiro, va a clase allí. Es una pasada, hay que verlos. Responden muy bien».

Sin ningún tipo de objetivo terapéutico, las clases demuestran que la música sirve de vehículo y despierta el intelecto. Avances en audición y coordinación que logran que la música no entienda de discapacidad. Tampoco intelectual.

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