Manuel Patinha, natural de Póvoa de Santa Iria, donde nació en el año 1949, llegó a Galicia, si las cuentas no me fallan, allá por los años ochenta. Y fue aquí, en este fin del mundo, donde salió a la luz su personalísimo universo como creador. Un universo que se ha reflejado esencialmente en la escultura, en piezas como la instalada en el claustro de la catedral de Santiago, pero que también brilla en ámbitos como los del dibujo, la pintura o la fotografía, además de en el de la poesía. A mí me parece que Patinha es, en esencia, un poeta. Y no solo cuando hace versos, que también, sino sobre todo cuando le da forma al frío acero, que tras pasar por sus manos cobra vida y se convierte en una forma más de dialogar con el inmenso misterio que nos rodea.
Gran narrador de historias y excelente conversador (magnífico cultivador también, por tanto, de esa extraordinaria forma de la literatura que es la que se escribe, en voz alta, en el aire), es difícil no emocionarse cuando Patinha rememora los años que pasó junto a sus amigos Álvaro y Divina, excepcionales seres humanos que para él fueron una familia más, y que siempre tendrán un lugar de honor en el corazón de cuantos tuvimos la suerte de conocerlos. También es muy hermoso escuchar a Patinha cuando recuerda los años que pasó trabajando en alta mar, en esas plataformas petrolíferas que eran como gigantes de hierro alzados sobre las olas desde los que el horizonte siempre se veía lejano y, por lo general, completamente vacío. Allí, en medio del mar, él hacía, a veces, pequeños dibujos. Milagros del océano que no sé si aún conserva, pero que ojalá estén ahora en tierra firme.