Un barco que vuela, la hoguera de Esteiro y John Banville

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Ramón Loureiro

23 jun 2024 . Actualizado a las 09:46 h.

Todos los años, llegados estos días, cuando el mundo era más joven, las nieblas de la noche traían consigo a Escandoi un barco de vela que, no muy lejos de la casa en la que nací, navegaba la tierra sobrevolando los prados. He de confesar, humildemente, que yo no vi nunca aquel prodigio. Pero, en cualquier caso, el número de los que decían haberlo presenciado era tan grande que todos estábamos perfectamente informados de cuál era el verdadero aspecto de aquella nave. Se trataba, naturalmente, de un velero, y flotaba en el aire a un par de metros del suelo, desplazándose mansamente entre el vacío y la nada. Alguien me dijo —o eso creo— que a bordo de aquel navío, que parecía estar hecho de algodón, navegaban los sueños de los difuntos. Y aunque por aquel entonces se insistía mucho en que el barco non era cousa mala, sino una mera magia de las que entonces tanto abundaban en vísperas de la noche de San Xoán, yo, por si acaso, prefería estar lejos de él. ¡Y eso que hoy daría (casi) cualquier cosa por verlo...!

En cierto sentido, el barco anunciaba, a veces con varias semanas de antelación, la llegada de una de las fiestas más hermosas del año: la de las lumieiras, que por aquellos años se contaban por cientos, y que los chavales saltaban; y anunciaba, sobre todo, la hora de las profecías, la adivinación del futuro.

(Unas tías-abuelas mías, que vivían en el lugar de O Balado, también siempre muy dado a prodigios y a la visita de seres del Trasmundo, tenían la costumbre de verter en un vaso de agua, durante la noche de San Xoán, la clara y la yema de un huevo, para ver qué figura había formado todo aquello por la mañana. Yo lo vi una vez. A ellas aquello les parecía una máquina de coser, ya ven ustedes. Pero a mí me parecía el barco que volaba, con sus velas al viento, sobre los prados).

Por aquel mismo tiempo, Meu Padriño Ramón siempre encendía, delante de casa, una pequeña luminaria que a mí, a través de los ojos del niño del que desciendo, me parecía una cosa muy importante. Y había quien gritaba, riendo, Meigas fóra!, cosa que me hacía mucha gracia, aunque no acababa de entender muy bien su significado. Sobre todo porque la única meiga a la que yo conocí, y que conmigo era muy amable y muy simpática (una vez hasta me trajo de la plaza de Ferrol un acróbata de madera que subía y bajaba por una escalera colorada), era una señora a la que nadie se permitía tomar a broma.

Un día —tendría tres o cuatro años— mis padres me llevaron a Ferrol a ver la hoguera de Esteiro. Me quedé fascinado. Allí resplandecía todo el encanto de una ciudad prodigiosa. Ferrol ya era entonces, para mí, lo que Dublín fue, en su infancia, para John Banville: un sueño y una magia. Nunca lo he olvidado. Y jamás dejaré de darle, a Ferrol, las gracias.