Los Tres Mosqueteros en la pantalla de un cine con el que seguir soñando

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

10 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Siempre he sido, desde niño, un gran aficionado al cine. En especial, claro está, al cine visto en pantalla grande. La verdad es que hoy veo películas, con mucha frecuencia —sobre todo esos grandes clásicos de los años treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo, a los que conviene volver siempre—, en todo tipo de dispositivos electrónicos, desde en el ordenador hasta en el teléfono móvil; y, por supuesto, en la televisión. Pero, incluso a estas alturas, hay pocas cosas que me hagan tan feliz como poder ver una buena película en una auténtica sala de proyección. Donde la oscuridad que te envuelve en el patio de butacas crea esa mágica atmósfera que hace que el centro del mundo se sitúe, al menos mientras la proyección no termina, en esa ventana al reino de los sueños que es la pantalla. Ver cine en el cine, y discúlpenme el juego de palabras, sigue siendo algo que a menudo me emociona. Y más de un vez, al terminar la proyección, siento el deseo de aplaudirles a todos cuantos han hecho posible que la película exista. A ellos y —todo sea dicho de paso— a quienes hacen posible que las salas de cine existan también.

Como ya alguna vez les he contado —y si no se lo conté les ruego que me disculpen, porque desde luego tuve la intención de hacerlo—, yo nací a unos cientos de metros de un cine. Un cine que, por desgracia, no llegué a conocer (de hecho, tardé unos cuantos años en enterarme de que había existido un cine allí, en Sillobre, al pie de la carretera que va desde Perlío a Lavandeira). Sí sabía muy bien, en cambio, que había habido un cine en Magalofes, y contemplar de niño los ventanucos de la antigua taquilla me parecía algo verdaderamente formidable.

Los cines de mi infancia fueron, sobre todo —¡cuánto los echo de menos...!—, el Franlaza de Fene y el Perla de Perlío. Este último, el Perla (el primer cine al que me llevaron cuando yo debía de tener muy pocos años), duró aún bastante tiempo, y yo siempre estaré en deuda con él, porque allí pasé horas maravillosas. De hecho —y discúlpenme el comentario, que ya sé qué les va a parecer una tontería—, a veces todavía sueño que paso por Perlío y que allí me encuentro de nuevo con el añorado edificio del Perla. Y no solo con el edificio, sino con que el cine está funcionando de nuevo. Es más: sueño, incluso, con que está a punto de comenzar la proyección, y con que hay un señor que me advierte que si quiero entrar tengo que hacerlo ya, porque va a cerrar la puerta. Y yo entro a ver la película, claro. Lleno de felicidad, porque el Perla está allí otra vez, como en un milagro. En el fondo, ¿qué es la vida cuando no hay en ella ni un poco de magia...? Por eso después me pongo tan triste al despertar: porque al abrir de verdad los ojos me doy cuenta de que solo estaba soñando.

Una de las películas que más me impresionaron en mi infancia fue Cleopatra. Naturalmente, la Cleopatra que Mankiewicz dirigió en 1963, con Elizabeth Taylor y Richard Burton como protagonistas, y que incluso en los años setenta los cines europeos debieron de reponer en varias ocasiones. Esa la vi en el Jofre.

Pero si me paro a pensarlo, hoy les diría que, en contra de lo que tantas veces he creído, esa no fue la película que más me impresionó de niño. La que dejó en mí una huella más profunda, y ya unos años antes, fue Los tres mosqueteros. Que, o muy equivocado estoy, o debía de ser la versión que George Sidney dirigió en 1948, la protagonizada por Gene Kelly, Lana Turner, Vincent Price y Ángela Lansbury. ¡Qué maravilla, que esos clásicos se siguiesen proyectando tantos años después! Eso no se paga con nada.