Ana Alonso, electricista: «Mi padre se disgustó porque me metía en un sitio de hombres, ahora está contento»

F. Fernández FERROL

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cedida

Esta mujer de 42 años lleva 21 en una profesión mayoritariamente masculina en la que dice sentirse respetada

03 mar 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Pelo negro, muy corto, uñas pintadas de rojo intenso... Ana Alonso López parece una veinteañera, pero «tengo 42 años», revela esta mujer de Lago (Valdoviño), electricista de profesión. Es sábado, «si no hay averías urgentes no trabajo, pero con este tiempo...».

—¿Cómo se metió a electricista?

—En febrero hizo 21 años que firmé mi primer contrato como electricista. Fue con la empresa Electrogas 2000, que estaba con las obras en la parcela del gusano en Esteiro. Ahí empecé yo.

—Pero ¿por qué eligió ese ‘oficio de hombres'?

—Yo iba a ser catedrática de Matemáticas, me encantaban las matemáticas, tenía buenas notas, pero en COU patiné y me desencanté. Tuve que repetir curso, pero lo saqué, y mi padre me obligó a hacer la Selectividad, que tengo aprobada, aunque yo ya estaba matriculada en Cedeira, en un ciclo superior de mantenimiento de equipo industrial. El profesor de la academia a la que iba en Valdoviño nos animó a hacer ese ciclo porque decía que tenía un montón de salidas en el sector eólico. Y me entró el gusanillo. Empecé a estudiar y se me daba genial. Cogí la rama de electricidad y me encantó. Luego empecé en la obra con la empresa de mi tío y pensé ‘me van a pagar por algo que me gusta hacer'.

—¿Qué le dijeron en su casa?

—Mi padre, que era albañil, cuando empecé en el ciclo tuvo un disgusto porque me metía en un sitio de hombres y porque yo podía haber hecho carrera universitaria. Ahora están todos contentos.

—¿Le decía que se metía en un sitio de hombres?

—Sí, mi padre trabajó toda la vida en las obras. Yo llegué a mi primer trabajo con 21 años, aquello era enorme, podía haber ciento y pico de hombres, y yo era la reina. Me trataron genial, todo el mundo, siempre con muchísimo respeto. Yo era ‘a pequena'.

—La mirarían raro al principio, ¿o no?

—Había gente que se sorprendía, claro, y un señor mayor al que no le hacía nada de gracia que yo estuviera allí, pero nunca me dijo nada.

—¿Nadie le dijo nunca nada por ser mujer?

—Alguna vez tengo escuchado ‘arréglate las uñas', pero ya llevaba tiempo trabajando y me dio igual. Para mí fue todo fácil, hasta que en el 2008 llegó el bache económico y me vine para casa.

—¿Y qué hizo entonces?

—Me busqué la vida en hostelería, lo que tocara. Después me cogió una subcontrata de Fenosa, pero me cansé de trabajar gratis un montón de horas para los demás. Me había hecho superamiga de otro electricista con el que había trabajado, es como mi hermano mayor, y que se hizo autónomo. No hacía más que animarme para que yo también diese ese paso. Me convenció, capitalicé el paro y empecé a prepararlo todo, pero llegó el covid. Al final empecé el 20 de mayo del 2020. Desde entonces nunca me quedé en casa por decir ‘hoy no tengo trabajo'.

—¿Cómo va el negocio?

—Ahora mismo estoy un poco desbordada y eso que nos echamos una mano, hay muy buen rollo entre los electricistas.

—¿Desde cuándo hay tanto trabajo?

—Desde que empecé nunca me faltó, pero de un año y pico para aquí es aún peor. No hay profesionales y los que estamos, tenemos que asumir todo el trabajo. Es demasiado para nosotros.

—Entonces, si hoy le llama un cliente tiene que esperar mucho.

—Si es una avería y está sin luz voy el mismo día. Si es otra cosa y es poco, intentas colarlo, pero si es mucho, hasta mayo no puedo.

—Los clientes ya estarán acostumbrados a verla como electricista.

—Sí, pero una vez llegué a una casa y había que alimentar unas bodegas, el señor no se apartaba de mi lado. Cuando terminé el trabajo me dice ‘cando chamei a Antonio (que era mi jefe) díxome que me iba mandar a unha rapaza, e díxenlle que a min unha muller, non; e contestou que se non queres unha muller non che mando a naide. Pero agora que te vin traballar é que fixéchelo ben'. Y le contesté ‘es que no tiene nada que ver que sea mujer o sea hombre, si sé hacer el trabajo ya está'. Hoy es un cliente mío.

—¿Conoce a otras compañeras electricistas?

—Sé que hay más porque me hablaron de ellas, pero en muchas casas me dicen que soy la primera mujer electricista que conocen. Tendría que haber más.

—¿Por qué no las hay?

—Puede ser que tengamos miedo porque es un terreno desconocido y después, bueno, igualdad no hay, aunque yo no tuve mayor problema con respecto a los hombres.

—¿Tiene hijos?

—Dos.

—¿Y cómo se las arregla?

—Mi pareja hace mucho más en casa que yo. Tengo mucha suerte porque siempre fue mi apoyo. Hay veces que llego a las nueve de la noche y está la cena hecha, la ropa de las niñas preparada para el día siguiente... La conciliación es una farsa. Tengo también la suerte de que mis hijas están casi todo el día en casa de mi padre.

—¿Le gustaría que alguna de sus hijas fuera electricista?

—Lo que a ellas les guste. Ahora mismo me gustaría que estudiasen FP porque tiene muchísima salida laboral.

—¿Cómo llevan que esté todo el día fuera de casa?

—Hubo un tiempo en que lo llevaron mal, sobre cuando es fin de semana y suena el teléfono. Si es una persona que está sin luz, escapo, no termino ni de comer.

—¿Le sigue gustando su trabajo a pesar de todo?

—La electricidad, sí, el papeleo de autónomo no tanto. Te quita mucho tiempo. Yo termino de trabajar a las nueve de la noche y tengo una pila de trabajo sin hacer, listado de material para el almacén, presupuestos para clientes, facturas... Intento quitármelo de encima por semana, pero muchas veces no es posible y me paso el fin de semana con papeleos.

—Eso se arregla siendo asalariada, ¿le gustaría volver a serlo?

—Estoy contenta siendo autónoma. Porque si se pone una niña enferma y necesito quedarme en casa o llevarla al médico, llamo al cliente y lo va a entender. Soy dueña de mi vida.