Constantino Vale, de 102 años: «De los de Ortigueira que nos fuimos a Venezuela ya quedan pocos de mi edad»

ANA F. CUBA ORTIGUEIRA

FERROL

Constantino, que conserva una caligrafía excelente, quiso plasmar su firma al finalizar la conversación
Constantino, que conserva una caligrafía excelente, quiso plasmar su firma al finalizar la conversación

Nació en 1920, trabajó en el mar y en el campo, emigró a Caracas, retornó y ahora dice que se dedica a «comer y estar al abrigo»

06 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Hoy es un día de fiesta para Constantino Vale Martínez. Nació el 7 de noviembre de 1920, mañana cumplirá 102 años y hoy se junta con toda la familia Vale, una treintena, entre hijos, sobrinos o parejas, en la finca de A Gándara, en O Picón. «Nací en el lugar de Fonte, en Céltigos, hijo de Valeriano [cartero de O Viso] y Angustias. Fuimos ocho hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres, yo soy el cuarto, el único vivo», narra en castellano con deje de Venezuela, país al que emigró en 1954 y del que retornó en 1978.

Unos le llaman Constantino, otros Casanova (por el lugar al que se mudó al casarse y donde sigue viviendo, en la parroquia de Loiba) y aún hay quien utiliza su apodo de juventud, O Randa. Al mirarle llaman la atención sus ojos claros, que parecen sonreír cuando habla. Recuerda al maestro que le enseñó a leer y a escribir —conserva una magnífica caligrafía—, en la escuela de Céltigos. «Íbamos a buscar arena al puerto de Espasante, a la playa de San Antón, con mi padre, que nos compraba una bolla y la repartía. Era antes de desayunar e ir a la escuela», relata. «Fame nunca pasaron», apuntan sus hijos. Este centenario evoca el día de la Caridad, patrona de Céltigos, cuando se vestía de fiesta la familia entera para ir a misa.

«Tuve dos hermanos en la guerra, José y Edesio, y cuando ellos se licenciaron entraba yo en el servicio militar en la Marina, en Ferrol», repasa. Navegó en un barco comandado por Luis de Vierna, originario de Mera, y gracias a sus dotes para la escritura, que le permitieron redactar una declaración jurada con la fecha en la que había sido movilizado, logró volver a casa seis meses antes de lo que estaba previsto. Reproduce de memoria parte del texto que redactó entonces.

Benedicta Porbén Gómez

De vuelta, empezó a ir al mar. «La gente iba a comprar pescado a la playa, al puerto de Espasante», rememora. Allí fue donde vio por primera vez a Benedicta Porbén Gómez: «Nos sentamos en una peña hablando un poco». Los domingos salían a pasear por la carretera general, en Loiba, y en el año 1944 se casaron y se instalaron en Casanova, en la casa de Benedicta.

Constantino junto a sus hijos Basilio, Pilar (centro) y María de las Angustias (Valeriano, falleció a los 19 años)
Constantino junto a sus hijos Basilio, Pilar (centro) y María de las Angustias (Valeriano, falleció a los 19 años)

Constantino trabajó en el mar —«iba al chicharrón»— y en el campo, con su mujer, y en 1954 emigró a Venezuela. Benedicta, «una gran mujer», se quedó a cargo de los cuatro hijos. Cinco años después regresó para volver a irse con dos de sus vástagos, María de las Angustias y Basilio. En Caracas había empezado de albañil. Allí se juntó con otros emigrantes de la zona, como David de Rapa, originario de Loiba. Cuenta que un día estaban juntos tomando una cerveza en un bar que situado al lado de una panadería y «unos muchachos se empezaron a coñear». Su respuesta sonó tajante: «Les dije unas palabras de mi padre: ‘Aunque me ves leproso y roto y lleno de miseria, ahí te van 500 rás [reales], avisa si quieres más'»

Casanova dejó la construcción y regentó una parrilla, La Estrella, «un local muy bonito» en San Bernardino, donde preparaba carne a la parrilla con yuca. Y después estuvo al frente de un cafetín en la Universidad Metropolitana, donde servía «bocadillos de pan cuadrado con queso, carne y una hoja de lechuga». En 1978, con 58 años, retornó definitivamente (sus hijos, con los que ahora vive, tardaron más; Basilio volvió en 2004 y María de las Angustias, hace cuatro años).

«Aquí había faena, con el ganado, sembrando el terreno... y tenía un caballo hermoso, O Roxo, iba a la feria de San Marcos [en Senra] a las carreras, lo había comprado en Céltigos por siete mil pesetas. Después compré una yegua en Moeche, que me costó 50.000, corría como un galgo y gané muchas carreras con ella», repasa, orgulloso del palmarés.

Constantino, que perdió a su hijo Valeriano con 19 años, tiene un nieto, el hijo de Pilar (ella vive en Loiba y visita cada día a su padre), y dos bisnietos, Arón, hijo del único hijo de Pilar (reside en Vigo), y Yaimar (en Estados Unidos), nieta de María de las Angustias (su hijo falleció de accidente). Hoy se juntará la familia Vale, «que está muy unida», para celebrar el cumpleaños. El segundo domingo de septiembre se reúnen todos en una comida, cada año en una población diferente.

A punto de cumplir 102 años, camina con ayuda del andador y exhibe una vitalidad sorprendente «Me cuidan bien, me dan lo que yo quiero», agradece. De su generación apenas hay supervivientes: «De los de Ortigueira que nos fuimos a Venezuela ya quedan pocos de mi edad», dice, algo pesaroso. ¿A qué se dedica ahora? «A comer y estar al abrigo», responde, antes de preguntar «dónde hay que firmar», una vez finalizada la charla, y plasmar con maestría su rúbrica.