Escuela de vida

Nona I. Vilariño MI BITÁCORA

FERROL

02 oct 2022 . Actualizado a las 22:14 h.

Desde que acompaño a un familiar muy querido en su tratamiento oncológico me propuse convertir esta experiencia en aprendizaje de vida. Porque el cáncer ya no es sentencia de muerte. Puede curarse o convivir con él con calidad de vida. Pero necesita recursos, y no solo económicos, para conseguir que, además de la salud física, se trate la salud mental del enfermo con empatía, que es la terapia más efectiva.

Por eso mi columna se viste de azul y blanco, (colores de la luminosa sala en la que se administra la quimio en el Naval) como homenaje a quienes forman allí una heterogénea familia unida por los lazos del cáncer. Esa luz y esos colores los matizan las personas, desde sus diferentes cometidos, hasta transformar ese hábitat en espacio de serena y singular normalidad. En el que, con eficacia y humanidad, son capaces de conseguir que nada perturbe la serena atmósfera que han creado en un proceso (antaño de oscuridad y dolorosos silencios) que, gracias a la ciencia y la fe con la que se prescribe, se administra y se recibe la quimio, culmina, en un alto porcentaje, en sanación.

Gracias a las doctoras, enfermeras (el femenino es simbólico e inclusivo) auxiliares, personal de servicios que, con su trabajo, han conseguido que esa sala, poblada de aparatos, sueros y ordenadores, tenga corazón y se haya convertido en escuela de vida, en la que como contrapunto al dolor, se ofrece la esperanza y la valentía de tantos enfermos que superan sus miedos (que esos son los verdaderos valientes) con la fortaleza y la generosidad de no rendirse. Y ayudar así en la investigación que permita dar el definitivo corte de mangas al cáncer.