El Rey del Mar, un barco de papel y una batalla en la niebla

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFË SOLO

FERROL

Ramón Loureiro

Digamos, para empezar, que llamar, lo que es llamar, se llamaba Gunrod, si las crónicas no mienten. Aunque aquí, quizás para evitar discusiones sobre cómo se pronunciaba o se dejaba de pronunciar su nombre, parece ser que se le conocía, mayormente, como Gunderedo. Tenía, entre los vikingos, el título de Rey del Mar, más simbólico que otra cosa. Pero era señor de un centenar de dragones del norte, barcos extraordinariamente rápidos, tanto a vela como a remo (bueno, ya: lo del centenar también sería un decir, una manera de hablar; seguramente serían algunos menos, tampoco nos pongamos estupendos...). Unos barcos con los que por lo visto, y en lo que debió de ser una auténtica demostración de fuerza, se quedó en Galicia, allá por las nieblas del siglo X, a pasar un invierno entero, sin que al principio nadie se decidiera a hacerle frente.

Era hermano, primo o como mínimo algo pariente —disculpen, quienes aman la Historia, tantas imprecisiones...— de un monarca coronado, de un rey de verdad: nada menos que de don Harald II, muy cantado siempre por los poetas. El caso es que Gunrod, que en esta Última Bretaña nuestra debía de sentirse invencible, sobrevaloró sus fuerzas y se confió en exceso. Fue sumando una tropelía tras otra, e incluso entró en la ciudad de Compostela. Y la soberbia acabó por ser su perdición.

Allá por el año 970, en tiempos de San Rosendo, cuando sus barcos estaban fondeados en la ría de Ferrol, y él y los suyos habían bajado a tierra, se encontró con que el conde Gonzalo Sánchez, que venía siguiendo sus pasos, había conseguido darle alcance. Aquel conde, señor de las tropas que tenían encomendada en Galicia la defensa de la frontera, también era famoso por sus victorias en mil combates, y derrotó a Gunrod con facilidad, quemando después sus naves y pasando a cuchillo tanto al rey del mar como a cuantos vikingos sobrevivieron a la batalla. Si la historia es como se cuenta, de poco les valió rendirse. No hubo clemencia.

Llegados a este punto, permítanme subrayar que nada está más lejos de mi intención que justificar las correrías de aquellos vikingos que aquí, donde Europa comienza, debieron de hacer tanto daño como pudieron. Quede claro. Pero jamás estaré entre los que juzgan.

El caso es que, bajo las sombras del verano, cuando en una pausa de la lectura de la tarde hago un minúsculo barco de papel y lo dejo ir río abajo, hacia el mar, con los recuerdos de mi niñez dentro, no puedo dejar de pensar en aquel pobre vikingo (pobre, sí, porque siempre es pobre quien elige el mal pudiendo no hacerlo) que vino a acabar sus días en Escandoi, tal vez en el Puntal, mientras en el mar ardían sus naves, vamos a suponer que frente a O Couto. Ya no tenía la espada en la mano. ¿Qué pensaría Odín de él?

Nunca volvió a ver sus fiordos, ni la nieve. Me pregunto dónde estarán su escudo, su casco de hierro, su cota da malla y sus huesos.