Piedra, rojo y pirulitos

José Picado ESCRIBANÍA DE MAR

FERROL

14 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Francisco Franco, vecino de Ferrol, militar mediocre de los últimos de su promoción, almirante frustrado porque cateó en su ingreso a la Armada, dictador cruel, leyó su discurso desde el balcón del nuevo palacio municipal el 15 de septiembre de 1953 : «Se hace realidad lo que fueron ilusiones de tantos años y el trabajo se intensifica en los talleres y ya no es una pesadilla el vivir del calor del impulso del gobierno central». Franco, en esa visita a su pueblo, había venido a inaugurar las viviendas de Recimil, la Escuela de Aprendices, la Exposición Industrial, la plaza de España y, por supuesto, el majestuoso palacio municipal. Ya puestos, aprovechó su filípica para reprochar a los ferrolanos que vivieran de la sopaboba del Estado. «Es necesario que las poblaciones tengan vida propia, porque 80.000 almas son muchas para que puedan pretender vivir exclusivamente de los presupuestos del Estado». ¡Acabáramos! A ver quién le llevaba la contraria en la abarrotada plaza al pequeño franquito, individuo que, por lo demás, no hizo nunca otra cosa que cobrar (y apropiarse) de emolumentos del erario público.

A Gonzalo Torrente Ballester aquello no le pareció bien. Lo del palacio municipal, quiero decir. Y lo del vecino dictador, tampoco, a pesar de haber vestido camisa azul y lucirla en las terrazas del Casino. En 1962 don Gonzalo firmó el manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga y se jugó el puesto de profesor en la Escuela de Guerra Naval. Fue expulsado, naturalmente. Comenzó un periplo de destinos en institutos por la geografía española que le permitieron ganar los garbanzos para su extensa familia. Los libros no daban para mucho. En uno de ellos, Dafne y ensueños, aprovechó para recordar dos hechos nefastos, a su parecer, firmados por el general Franco, el traslado del Obelisco de Churruca y el destrozo de la plaza ilustrada ahora llamada de Armas. Lo escribió así: «Pues el general Franco permitió que destruyesen la plaza, instalasen en su costado norte uno de los edificios más horripilantes del mundo, piedra, rojo y pirulitos, y que llevasen a trasmano el obelisco del homenaje y del recuerdo».

La actual corporación municipal asalta el castillo de los pirulitos y los va a eliminar. ¿Por seguridad? Eso dicen. ¿Y las buhardillas? Porque no les gustan. ¿Y las tejas? Por supuesto, en su lugar colocarán zinc. ¿Le cambiarán el color? Claro, el rojo es una mala imitación del ladrillo cara vista. ¿Y quitarán a Juan Carlos? Eso… Tal vez se caiga, se haga añicos y los técnicos digan que bueno, que qué se le va a hacer…