Amenazas


Mi mochila está cargada de vivencias que me ayudan a relativizar la exageración que adultera la información o la opinión. Y a valorar el lenguaje como un impagable instrumento de comunicación, pero también como arma, que puede ser destructiva, si se maneja hasta pervertirlo, amparándose en el derecho a la libertad de expresión.

Vivimos tiempos de ira. De actuaciones en la frontera del delito o delictivas. Y de impunidad de la mentira o la media verdad, la más peligrosa de las mentiras. La sobreactuación, la violencia, verbal y gestual -eficaz recurso de manipulación- dominan el debate político que ya no es contraste de ideas sino un espectáculo obsceno, en el fondo y en la forma, sobre un plató virtual que llega hasta las cocinas.

Y, en otro plató, se desarrolla la guerra de la llamada prensa rosa que, con apariencia de incruenta, va atacando derechos fundamentales como el de la presunción de inocencia o la dignidad de la persona, con juicios mediáticos a la carta que señalan y juzgan sin piedad a los elegidos, hasta destruirlos… Con nuestra complicidad, porque: lo que se consiente se promueve. Y, en este caso, consentir es ver, escuchar y condenar o absolver, según interese para el índice de audiencia o a los gurús mediáticos de turno.

La democracia está en peligro. Más si, desde el poder, sin avergonzarse, se quiere ocupar la sociedad. Sea la escuela, la justicia, la televisión etc. Y cuando la palabra es amenaza que se «escupe con odio» para señalar al que discrepa. Porque «cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto». Y todo puede pasar.

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