Esperando la esperanza


La situación que genera esta pandemia supone un peligro real de perder: la vida, la salud, el trabajo etc. Y vivir una crisis económica y social de consecuencias irreparables y graves daños colaterales. Uno de los más tristes es el desamparo de quienes están obligados a vivir en soledad, con el miedo o la angustia que supone el aislamiento que quiebra la red de seguridad que significan las relaciones personales o el funcionamiento normal de los servicios públicos de salud, física o mental.

Es necesario y urgente reconocer y resolver el retraso de: consultas médicas presenciales, intervenciones quirúrgicas, revisiones de pacientes con patologías serias (psicológicas también) si no se consideran urgentes. Urgencia que el afectado, por miedo o desconocimiento, es incapaz de identificar. A lo que habría que añadir el retraso de las administraciones en resolver asuntos de urgente necesidad para los afectados.

Además es desconcertante y, a veces, errático, el plan de vacunación. La vacuna es una esperanza. Pero también -metáfora incluida- la compañía, el otro al que abrazarse de quien está solo o en riesgo importante de que se agrave su salud o se desequilibre su mente.

Son millones los españoles que esperan turno, sujetos solo a un criterio cronológico, sin que se valore que, entre ellos, hay grupos de riesgo que no tienen que ver con la profesión y sí con la inseguridad y con el miedo añadido de un corazón enfermo, de un cáncer que puede volver etc. o la angustia de no saber cuándo y cómo entrarán en la lista verde de su día D. Y, a lo peor, ya no podrán acudir a la cita…

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