A mano


Ferrol

En aquella ocasión nos había acompañado mi hermano Paco; Tonecho era un bebé todavía. Como solía, mi padre empezó a pescar el río da Sardiña en el puente de la carretera de O Raposeiro a la feria de O Dous, un poco más abajo del lavadero público, que por entonces estaba tejado con chapas de uralita. Es la parte donde el riacho lleva más agua, y amansada. Traveseábamos a su alrededor mientras él se las ingeniaba con escaso éxito para prender algún pez. Tentar las truchas y pastorear a dos chiquillos revoltosos no son tareas fáciles de conjugar. Era un caluroso día de verano, a finales de los cincuenta, y es probable que aun sin el mariposeo de dos mocosos la jornada no fuese lo que se dice la soñada por un pescador de truchas. El caso es que nos asomábamos al río de manera insistente y reiterada porque queríamos ver cómo se escabullían los pescaditos o por pura necesidad infantil, y, claro, con una investigación tan perseverante la cesta que cargaba en bandolera nuestro padre seguía vacía por completo. Hasta que nos sugirió, para aliviar la presión que debía sentir por el estorbo tan obstinado, que nos metiésemos descalzos en el río e intentásemos capturar los peces con la mano. Eso sí, siempre detrás de su paso. Con unas elementales instrucciones previas -lentamente, desde atrás, sin sombra...-, allá nos lanzamos a cachear los intersticios y rendijas de los cantos del lecho en los que se habían escondido los peces que ahuyentábamos con nuestra presencia. Los dedos de un chiquillo pueden ser ágiles como anguilas y poderosos como tenazas, qué digo, como llaves Stillson. Así fue como, por primera vez, Paco y yo cosechamos más truchas que nuestro padre.

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