Nada del otro mundo, créanme


El verdadero valor de las cosas se aprecia cuando uno ya no las tiene, cuando las ha perdido. Conozco a un atleta -un antiguo atleta, para entendernos; y sobre todo un viejo amigo, al que sé que no le importará que cuente esto- que, tras haber tenido que abandonar el deporte cuando menos lo esperaba por un revés del destino, habitó durante años una profunda amargura. Se sentía hundido después de que su paso por las pistas hubiese terminado bruscamente sin haberle permitido alcanzar ninguno de sus sueños. Pero, por supuesto, todo depende del cristal con el que se mire. Lo cierto es que en la prueba de los 5.000 metros apenas le faltaron tres segundos para lograr el registro que más deseaba. Dos segundos -estoy redondeando, en realidad fueron unas décimas menos- en la de los 3.000 metros lisos. Y una centésima de segundo (sí, sí, he escrito bien: una centésima, ya ven ustedes) en los 1.500 metros. Durante años, este amigo vivió enfadado consigo mismo (bueno, un poco enfadado, tampoco exageremos) porque los cronómetros habían tardado algo más de la cuenta -para ser serios, lo que dura un suspiro- en detenerse. Pero ahora, cuando nuestro siglo ya es otro y él mismo se ha convertido en alguien tan distinto que a veces hasta le cuesta un poco reconocerse en las fotografías, aquellos segundos no solo han dejado de dolerle, sino que incluso los considera una parte más de sí mismo, un exacto testimonio de su vida pasada, un valioso recuerdo que le hace compañía. Definitivamente ha dejado de lamentarse por no haber logrado aquellos registros que soñaba, y que al fin al cabo no eran nada del otro mundo. De hecho, ahora celebra haber tenido tan cerca, casi al alcance de la mano, las marcas que él quería. Como celebra, sobre todo, haber podido ser un día quien jamás será de nuevo. Pero no crean que este amigo del que les hablo (gran devoto de Mariano Haro, infatigable lector de Andrés Trapiello y amigo también de ustedes, incluso sin saberlo) se deja arrastrar por la saudade a estas alturas. No, no lo embarga esa rara forma de la melancolía que hace añorar, estando a la vez alegres y tristes, lo que quizás ni siquiera exista. Bien sabe Dios que no es eso. Lo que ocurre es que por fin ha comprendido que todo cuanto no sabemos apreciar ahora será, cuando el cronómetro se detenga para siempre, lo que más lamentaremos haber perdido.

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