El atractivo de la inocencia


Desde hace unos meses tengo un nuevo vecino, al que veo cada día desde la ventana de la habitación en que trabajo. Es un cachorro de la raza Golden Retriever, que es lo mismo que decir un perro de «alta gama» y de belleza natural. Este es albino, con una constitución que anuncia un perro atlético y lucido. Lo veo corretear por el jardín (un oasis de verdor y naturaleza, cercado por altos edificios de viviendas) que el perro disfruta como si fuese consciente de ese regalo natural en un contexto urbano. Sus dueños le regulan este recreo al aire libre seguramente por los estropicios que lleva a cabo en la finca con perseverancia indesmayable. Estos cachorros son especialmente inquietos y buscan siempre entretenimientos, como hacer agujeros buscando no sé qué tesoros, o transportando palos de una lado a otro. También arrancar flores y plantas entra en sus diversiones favoritas.

Me gusta contemplar este perro tan joven y vitalista (aunque me distraiga con facilidad en lo que estoy haciendo), por la propia belleza del animal y porque su figura me evoca la de una perra de la misma raza que, hasta hace tres años, vivió su vida en nuestra casa del pueblo. Llegó también con unos meses, igual que este, hizo las mismas travesuras y desaguisados, pero acabó teniendo un lugar en los afectos de todos nosotros. Se llamaba Maya y la alegría que nos transmitió mientras vivió fue un regalo difícil de compensar a un animal que nunca pide nada. Yo tengo grabada la escena que viví un día de primavera que nos desplazamos hasta el pueblo. Siempre que llegábamos a la casa, teníamos un recibimiento alegre por parte de los animales que vivían allí al cuidado de un hijo nuestro. A mi encuentro salieron diligentes otra perrita, Lola, y la gata Uva, pero me extrañó que no las acompañase Maya. Sabía que estaba empezando a sufrir un proceso reumático y me alarmé al no verla. Mientras les hacía una monada a los otros dos animales, la vi salir del alpendre donde dormían los tres, andando despacio hacia mí, moviendo la cola casi con esfuerzo. Le acaricié la cabeza y ella me miró con insistencia. Fue una mirada que difícilmente olvidaré, en la que cabía toda la filosofía de Séneca: aceptación de un final y serenidad ante el inevitable deterioro de la salud.

Y así estuvimos un rato, la perra agradeciendo las caricias y yo pensando en que el tiempo es implacable con todo lo que tiene vida, incluidos estos animales que viven en la inocencia y en la ignorancia de que, con los años, se envejece y se muere. Nosotros lo sabemos casi desde la infancia, pero ellos ignoran el proceso. Esta perra recorría kilómetros cada día. Por la huerta, en los paseos que le dábamos por el monte, siguiendo con ahínco todos los rastros que olía de pájaros, conejos o de lo que fuera. La llegada al río era para ella una fiesta. Primero se manchaba a conciencia en todos los lodos y barro que encontraba. Hasta el hocico. Después se tiraba al agua, y nadaba porteando con la boca los palos que le echábamos desde la orilla. Y salía con la blancura inmaculada de su pelo lacio y suave como de la mejor peluquería canina. Se fue haciendo mayor, aunque nunca hubo manera de enseñarle que no se pisotean las flores recién plantadas del jardín ni que las jardineras son para andar transportándolas por la huerta.

Por todo esto me resulta entrañable la presencia de este cachorro vecino. Me alegra verlo, me distrae de mis trabajos, pero hoy hasta me sirve para escribir este artículo.

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